5 mar. 2012

Pasional

Escribir sobre la Pasión es una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer. Implica la transmisión en palabras, el encajonamiento de algo tan complejo como es un sentimiento, tan irracional como lo es su intensidad y a la vez tan simple como es el vivirlo. Y de hecho, creo que el tan sólo hecho de intentarlo es un acto de soberbia, y el tan sólo hecho de llegar a hacerlo, un insulto. Así que no puedo más que contar unas historias relacionadas a la Pasión, historias tan simples, que a la mente más abierta y al corazón más cerrado, puedan resultarles aburridas.

Haz el bien…
Como nos pasaría en toda provincia de Córdoba, las llegadas y partidas de cada lugar vendrían acompañadas de lluvia… o al menos de la amenaza de ellas. Y así fue que llegamos a Alta Gracia, ciudad de gran riqueza histórica que supo ser sede de los primeros centros Jesuitas del continente y cuyas huellas se erigían majestuosas, desafiantes al tiempo, desde el mismo centro de la ciudad, donde un tajamar de dimensiones cuantiosas hoy servía de recuerdo del primer sistema de abastecimiento de agua.

Mientras buscábamos hospedaje, decidimos probar por primera vez con los bomberos luego de fracasar en nuestro intento de quedarnos en un Polideportivo. No fue más que necesario acercarse a Laura, la bombero de turno, y explicar nuestra situación para que nos invitara a pasar y nos mostrara las instalaciones abriéndonos las puertas en un acto de sencillez y honestidad, como si de su propia casa se tratara.

Tras una recorrida por el cuartel (y observar el clásico caño con el que se tiran los bomberos), nos cuenta que el año anterior supo pasar por allí un mexicano en las mismas condiciones… Historia que por momentos me retrotrae a viejas imágenes en las que Pablo, nuestro mentor al momento de nacer esta idea, pedía hospedaje a los bomberos en México. El círculo parecía cerrarse otra vez.


Lo que Laura nos había advertido era que solamente por esa noche podíamos quedarnos allí, ya que había alerta meteorológica para los días siguientes y el dormitorio estaría lleno. Sin embargo, al día siguiente un cielo azul nos recuerda que la meteorología no son más que probabilidades, y tras un gran abrazo de agradecimiento, decidimos partir rumbo a Villa General Belgrano con otro contacto de los bomberos bajo el brazo.


El trayecto, que atravesaba las sierras de Córdoba, no se comparaba con el de Altas Cumbres, aunque sus paisajes, si bien diferentes, mostraban la majestuosidad de una naturaleza que, más allá de las sierras, se tranquilizaba en un llano de tierras fértiles. Sin embargo, aquí los lagos, las curvas sinuosas, los diques, y las pequeñas poblaciones afloraban como los turistas que venían a visitarlas desde todos los rincones del país.

Y como no podía ser de otra manera, esquivando curvas y tormentas, llegamos a Villa General Belgrano, una colonia de origen alemán ubicada en el centro de las depresiones de varios cerros, lo que facilitaba imaginarse en una Alemania de antaño sin siquiera cerrar los ojos.


…sin mirar…
Sin pensarlo, decidimos dirigirnos al cuartel de bomberos, donde hablamos con un chico nuevo que poco nos podía ayudar. Así que, ante el panorama potencialmente desfavorable, tomamos nuestras cosas y decidimos ir en búsqueda de nuestro contacto, cuando de una camioneta a toda velocidad, se bajan 5 o 6 bomberos que, como si fuésemos sus propios colegas, nos saludan efusivamente. Soto, el bombero más veterano del cuartel, nos pregunta qué estábamos necesitando. Le contamos nuestra situación y sin dudarlo nos ofrece la ducha mientras él mismo hablaba con nuestro contacto, ese que nunca conocimos pero que se hizo presente tras el tan ansiado “Sí”.

En la noche, una tormenta de grandes dimensiones se desata sobre la región, y junto al bombero de guardia, pretendía seguir los eventos por la radio, a través de los teléfonos, y a través de internet, donde las imágenes satelitales proyectaban el advenimiento de una gran tormenta que ya se escuchaba rugir desde la ventana.

Esa noche llovió; llovió mucho, pero por suerte no hubieron incidentes graves en el lugar, aunque sí en las zonas aledañas, donde los arroyos crecieron y algunas personas quedaron atrapadas a su vera. Nosotros nos íbamos al día siguiente, pero la tradición cordobesa de la lluvia y la ruta, nos obligó a quedarnos tres días más.

En esos tres días aprendimos mucho. Aprendimos sobre el dolor de un grupo de personas que les une la vocación, y sobre la vocación en sí. Hacía 6 meses más o menos, un descuido hizo que un tanque con combustible explotara en el cuartel… todos se salvaron por lo que algunos considerarían un milagro… todos excepto uno, que a los meses de estar en el hospital y cuando le iban a dar el alta, contrae una enfermedad infecciosa que derivó en eso que nadie quería escuchar… En eso que, al mostrarnos el lugar del incidente y sus secuelas, no podían ocultar en su corazón que aún les pesaba en cada latido.

Uno de quienes estuvo presente fue Santiago, un bombero de tan sólo 12 años que en su madurez de hablar nos hacía notar una chispa particular, una que hacía muchos años no veía siquiera asomarse en el rostro de otra persona, uno que me recordaba que los sueños, como éste, también son alcanzables. Cuando tenía 5 años, Santiago vio por primera vez un camión de bomberos, y a partir de entonces quiso ser uno de aquellos seres que con sus trajes negros y cascos amarillos, combatían llamas y salvaban a las personas. Su madre pensó que era una locura pasajera, pero el tiempo le demostraría lo contrario. Hoy, Santiago aún estudia como cualquier niño, pero en sus ratos libres prefiere ir al cuartel, donde de verdad trabaja, y aporta su grano de arena para ayudar al resto de las personas. Aún dudo si esa chispa que veía se llamaba vocación o simplemente bondad.




…a quién
Finalmente, aunque nublado, el último día no llovió, y con un viento que al principio sería a favor, nos dirigimos a toda máquina rumbo a Río Cuarto sorteando los últimos lagos que las sierras de Córdoba nos ofrecerían. Y por supuesto, no tuvo que pasar demasiado tiempo para que aquella maldición que parecíamos haber adquirido en Luque se posara sobre nosotros, y a 40 Km de nuestra meta, tuvimos que detenernos ante la eventualidad de la lluvia en un pueblito llamado Alcira Gigesa.

Entusiasmados con nuestras experiencias con los bomberos, decidimos intentarlo nuevamente allí. Sin embargo, tras una charla impersonal con el jefe de bomberos efectuado desde su lujoso local a su oficina, obtendríamos una negativa que por momentos me hizo pensar que el que más tiene es el que menos da, y por momentos me recordaba que en verdad habíamos sido afortunados hasta entonces, pues, en realidad nadie tenía la obligación de ayudarnos.

Así que por tercera vez intentamos ir a una iglesia, con la esperanza de que no tuviéramos la negativa aquella que nos haría quedar, por primera vez, a la deriva.

Golpeamos la puerta y enseguida sale un hombre mayor al que le explicamos nuestra situación. Sólo nos dijo:
- Acá les puedo dar alojamiento… es en el salón de catequesis, tienen ducha con agua caliente y colchones. Sólo lo necesito desde las 9 hasta las 10 de la noche, luego hagan lo que quieran
No nos preguntó nada. Ni siquiera cuáles eran nuestros nombres, o nuestras edades, o cuántos kilómetros hacíamos por día… aquel cura no nos preguntó nada, absolutamente nada.

Luego de dejar las cosas salimos en búsqueda de la cena y el desayuno, teniendo éxito en la primera y fracasando en la segunda. Y no se si fue telepatía o qué, pero cuando volvimos al salón, una bolsa de criollitos nos estaba esperando; entrega de la mano generosa del hombre que aún no nos preguntaba nada.


Al día siguiente, nos despedimos, y fue recién entonces que mientras nos terminábamos de preparar quiso saber algo más de nosotros y nos contó que hacía tan solo un mes, por allí había pasado un muchacho de Mar del Plata que pretendía llegar a Jujuy con su bicicleta. Él le hizo el mismo ofrecimiento y se despidió de nosotros como de él, con la misma transparencia de quien no diferencia entre personas más que por su propia condición.

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