18 mar. 2012

"¡Adelante!"

Como nos pasó durante todo el viaje hasta ahora, la travesía no resultaría como lo planeado, y el camino estaría plagado de símbolos; tantos, como los que representaría el último día de cruce de la cordillera.

Amanecer en los Andes
Ese día nos levantamos mucho más temprano que de costumbre, incluso antes que el sol se apareciera tras la montaña, que aún oscura en la mañana nos recordaba el frío de las alturas.

Armamos todo lo más rápido posible y así salir bien temprano, antes que el viento proveniente del pacífico comenzara a soplar con toda su furia, para detener un viaje de miles de kilómetros en aquellas montañas, frenándonos en su intento.

Es así que nos dejamos llevar por el último tramo que representaría la ruta nacional numero 7. Según nos habían dicho, sería el tramo más complicado de la travesía, pero también el más corto, en el que tan sólo 17 kilómetros nos separaban de la frontera de Chile. El último pueblo sería Las Cuevas, donde intentaríamos quedarnos una noche para al otro día comenzar nuestro descenso hacia Santiago de Chile.

Y deslizándonos entre valles y montañas, viejas vías de tren y cascadas, llegamos a los pies del límite internacional, uno imaginario que allí lograba materializarse gracias al Cerro Cristo Redentor, en cuya cima un Cristo saludaba pacientemente a ambos lados de la frontera, recordando en su mensaje que éstas no existen cuando se trata de paz y respeto.

El ombligo del mundo
Apenas llegamos, estrechamos las manos con el Danny, en un acto silencioso de reconocimiento a lo que éramos capaces de hacer. Inmediatamente, impulsados por las ansias de conocer, nos dejamos llevar…

Nuestra primera parada fue con Claudia, una chilena radicada en aquel –muy- pequeño pueblo que subsistía gracias a su producción artesanal de chocolate. A ella le pedimos permiso para dejar las cosas mientras subíamos al Cerro y muy amablemente nos invita a hacerlo bien en frente a la puerta de la casa, donde ella pudiera vigilarlas durante nuestra ausencia.

Mientras descargábamos las cosas, una familia rosarina se nos acerca y nos pregunta sobre nuestro viaje, invitándonos inmediatamente a realizar el ascenso con ellos. Luego de haber planeado subirlo en bici o caminando, nos encontrábamos cómodamente sentados en un auto observando el paisaje alejarse a nuestros costados, haciéndose cada vez más pequeño hasta llegar a ser un punto apenas visible.

Una vez en la cima, el viento aún un poco adormecido comienza a despertarse en su bostezo infernal. En las alturas el frío cala más hondo, y de a poco comienza a sentirse en los pies desnudos, al mismo tiempo en el que bien cerca, casi palpables, los restos de nieve y glaciares nos recuerdan las temperaturas a las que podíamos llegar; mientras que las montañas, las personitas, los autos chiquitos allá abajo, y una cantidad de rocas enormes desplazadas por las laderas luego de un violento terremoto, nos recuerdan nuestro tamaño real, ese pequeño e insignificante pero a la vez poderoso que somos: capaces de tener un tamaño minúsculo y aún así, sentarnos en los hombros del mundo para contemplar nuestros pies y recordar que el ombligo, después de todo, está allá abajo, visible, pero bien lejos.

Mensajes
No tuvimos que pasar demasiado tiempo para conocer otras personas: entre ellas, una pareja de mendocinos amantes de la naturaleza y aficionados al ciclismo, que en sus breves minutos nos regalaron su sonrisa, una fotografía, y mucho aliento para el trayecto que nos quedaba.

Y también estaban las dos parejas rosarinas, con quienes descubrimos que aquel no era nuestro primero encuentro, ya que ellos mismos habían sido quienes me habían visto meter la pata tan soberanamente en el Puente del Inca la tarde del día anterior, cuando me delataron… Y rápidamente los posibles rencores cedieron ante la risa de los ridículos, la gracia del destino, y la hermandad que une a quienes admiran lo intrincado del mismo.


El túnel
Antes de subir al Cristo, ya habíamos arreglado donde dormir: desde tiempos inmemoriales, cuando San Martín cruzó los Andes, fueron creados algunos refugios para los peregrinos, para el correo y los mensajeros. De aquellos quedan aún algunos vestigios, y entre bromas descubrimos con el Danny que aún estaban en uso, y que aquel bien podría ser nuestro refugio por la noche… claro… hasta que obviamente las cosas se dieron de otra manera.

Todo comenzó cuando fuimos a la gendarmería argentina para organizar el cruce al túnel: uno de 3,6 Km en cuya mitad se encuentra la frontera entre Argentina y Chile y en cuya cima descansa el famoso Cristo. La respuesta fue inmediata, y vino de la mano de Sebastián, un chileno que se encontraba de casualidad en aquel momento:



- Nosotros los cruzamos, po. Ellos nos llaman y venimos a buscarte, yo trabajo en la vialidad chilena, cuidando el túnel. Al costado hay una casa abandonada donde pueden acampar, y si quieren ducha yo veo si les puedo conseguir.

Todo dicho, a almorzar y cruzar el túnel.

Una vez del lado chileno, observamos la casa, pero no nos pudo convencer la inquilina previa a al cual teníamos que pedirle permiso: la mugre. Así que decidimos preguntar en la vialidad si había posibilidad de tirar una carpa en otro lado, nos acercamos a Sebastián y le preguntamos primero por la ducha… Él llamó a su jefe, y en cuestión de minutos, teníamos habitación, ducha, y una muy agradable conversación en la sala de monitoreo del túnel internacional.

Cristo Redentor
Se notaba en los rasgos de Sebastián que era un hombre curtido por el tiempo, en el que el trabajo y el esfuerzo formaron parte integral de su historia… así como se notaba, en sus gestos y en su voz amable, que era un hombre de esos que nos hemos acostumbrado a cruzar, que les gusta dar sin esperar nada a cambio.

Largas horas estuvimos conversando aquella tarde al pie de la cordillera, observando el tráfico y un cóndor que inesperadamente nos regaló una muestra de sus destrezas aéreas. Sin quererlo, de a poco nos fuimos metiendo en su historia: conocimos una madre que con cáncer se deslomaba trabajando por sus hijos; conocimos una familia que, teniendo a la mamá de Sebastián como cacera, lo invitaba a él a integrarse en un almuerzo en el mismo comedor; conocimos la fortaleza interior de un padre que ama a sus hijos; y conocimos una historia de amor, de esas que con tan sólo escucharla le eriza a uno los pelos.

Pero conocimos, por sobre todas las cosas, un hombre que nos enseñó que la vergüenza la debemos tener sólo cuando hicimos algo con maldad, pero nunca jamás a demostrar cariño, a compartir una historia, o a escuchar hablar de Dios… Ese que, paradójicamente, no es el que descansa a la irrisoria distancia de 4.000 m de altura y habíamos visitado ese mismo día, sino al que cada uno lleva dentro de forma innata y le dice cómo proceder cuando se siente perdido… ese que incluso podría llegar a materializarse en el sueño de una madre que, luego de dos años de ausencia física, se muestra en un sueño trabajando arduamente mientras los más diestros, como Sebastián, podían escuchar “¡Adelante!”.

2 comentarios:

Cesar J. Tourn dijo...

Por Dios...
Ese valle de la segunda foto... esa foto la tengo metida en mi imagen eterna de la cordillera, hay 4 que son la gran imagen de mi cruce hace tanto como 15 años, el gran cañón a la derecha del asenso cuando estas en la pre-cordillera, parece grande, pero solo alcanzo con ver un camión en su lecho para saber que no era grande, era tremenda mente inmenso, y eso era solo el inicio... Ese valle de la segunda foto en el cual me denoto lo pequeños que somos comparado a la gran mole de piedra. El gran soñado, puente del inca, soñado desde que recolecte mi primera estampilla Argentina que casualmente o casualmente fue del puente, hasta el día, que por falta de tiempo, corriendo llegue hasta las entrañas de su antiguo hotel. y por ultimo los caracoles, esa curva 32 si no me equivoco, de la cual se puede ver el gran dibujo, y el gran pozo... un día entero de asenso, para bajarlo todo en pocos minutos. Por dios...

"lindo haberlo vivido, para poderlo recordar" Gracias Amigos...

Diego González dijo...

¡Que lindas y acertadas imágenes, César! Ya lo dijsite vos... "Que lindo haberlo vivido...". ¡Gracias por seguir formando parte de esto, de verdad! :D

 
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