16 mar. 2012

Instinto

Y voy comprendiendo tu mundo
y siento en mi la inmortalidad
y veo todo tan distinto.
Va en la magia del instinto
lo que nadie me enseñó.

Hay palabras que nuestro inconsciente graba a fuego, palabras en el momento quizá incomprendidas, o que quizá creemos comprender pero cuyo significado recién lo descubrimos tiempo después. Una de esas palabras fue la de mi Pepe Grillo la "Blonda", que tras un abrazo más de reencuentro que de despedida me dijo: "Confiá en tu instinto".

No fui yo el primero en entender esas palabras, sino que lo hizo una chica a más de 2.500 Km de distancia, que con tan sólo leer qué es lo que estábamos haciendo, decidió ofrecernos su casa sólo porque "parecen gente interesante de conocer". Algo nos decía que había otro motivo más grande que la comodidad por el que teníamos que aceptar la propuesta.

El encuentro se hizo esperar: tuvieron que pasar casi 3 semanas y 1.000 Km para que pudiera concretarse una mañana de Marzo tras las cuidadosas especificaciones de su madre que, para no perder la costumbre, no seguimos a los pies de la letra.

Con olor a ajo, cebolla y frito, aparece bajo su particular bandana, Daianna, que con una sonrisa de esas que transmiten un brillo especial, nos invita a pasar a la casa y descansar, yéndose enseguida con las promesas de vernos esa noche.

Pasamos toda la tarde solos, pero ya nos sentíamos como en casa. No fue necesario ni conocer a la madre, ni ver al padre, ni más que escuchar hablar de las hermanas para saber que ese iba a ser el mejor lugar que nos podría tocar para prepararnos para el tan ansiado desafío.

Por la noche pudimos confirmar ese sentimiento: la madre dándonos la bienvenida como si fuésemos sus propios hijos, las hermanas charlando con nosotros hasta altas horas de la noche al amparo del infaltable Fernet con Coca, y el padre compartiendo sus ideales al punto de identificarnos con él como si fuese el nuestro.

Tangos, milongas, vino, boliches... fueron todas salidas planeadas que nunca tuvieron lugar y fueron cediendo a la frescura de lo espontáneo, al placer de lo no planificado, a lo auténtico de lo que en ese momento uno desea hacer. Y así nos descubrió en finas bodegas, andando en bicicleta por calles arboladas con aroma a vino, y en un primer contacto directo con la cordillera nada menos que una mágica noche de luna llena, sólo para dejarse ver dos días después, a la orilla de un lago compartiendo todo aquello que nos une... Aquellos lugares nunca podrán volver a ser como antes, y sus rincones y recovecos guardarán para siempre la conexión única de la que fueron testigos, como hoy lo hace el presente, y como sin dudas lo hará el futuro tras promesas de cruzarnos en otros puntos de Sudamérica, destino inevitable de un viaje que, si bien planeado, aún daba lugar a lo espontáneo.

Pero fue recién en un frío amanecer de Domingo, a los pies de los picos nevados de los Andes, que tras un abrazo más de reencuentro que de despedida, se invirtieron los papeles y tuvimos nosotros que despedir, por primera vez, a nuestros anfitriones: yéndose ellos y quedando nosotros. Recién entonces me sentí como mi Pepe Grillo y pude comprender aquellas palabras que en aquel momento creí ya entender:
Confiá en tu instinto

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