10 mar. 2012

El dibujante de la tierra

Acompañar: Existir o hallarse en otra persona

Muchas veces intuí sobre la importancia de la intensidad de una relación versus el tiempo de su duración, pero nunca pude realmente comprobarlo… Es ahora que me doy cuenta de que muchas veces para poder entender la relación entre dos cosas es necesario exagerar en una de ellas, de esta manera, el comportamiento del vínculo queda en evidencia. Y esto mismo es lo que ha estado sucediendo desde el momento en que decidí emprender este viaje.

Desde mucho antes de partir conocí gente interesante, gente con la que quizá no haya compartido más de doce meses, quizá cinco, o incluso hasta dos o tres días. Y después durante el viaje, donde la exageración fue aún mayor. Gente con la que apenas compartí tres, cuatro o sólo siete días y aún así, la fortaleza del vínculo duró mucho más que incluso aquellas que databan de años.

Esa idea me obsesiona. ¿Por qué será que suceden esas cosas? ¿Qué pasaría si pudiésemos continuar alimentando los vínculos? ¿Caeríamos en la rutina y pasaría lo mismo que con aquellos que datan de años y sus intensidades son mucho menores? ¿Comenzaríamos a ver los defectos en el otro y con ello a degradar la relación? ¿Será entonces que la corrosión de un vínculo está más ligada a la falta de tolerancia que al vínculo en sí? Evidentemente, no tengo la más pálida idea. Sin embargo, sí puedo asegurarles que compartir los momentos más importantes de uno los fortalece, compartir todo lo que uno tiene para ofrecer no puede ser jamás un motivo de degradación.

Y es que compartir nos lleva a multiplicar al dividir, a dar algo nuestro y recibir a cambio: compartir es acompañarnos, ¡y exactamente lo mismo al revés! Incluso, cuando todo parece comenzar de forma contraria, como sucedió en Río Cuarto.

Pese a tener todas las condiciones a nuestro favor, Río Cuarto representó una ciudad de desencuentros a la llegada: el Danny y yo nos separamos en la entrada por motivos de distracción, y con Franco, nuestro CouchSurfer, nos desencontramos por motivos de descoordinación.

Sin embargo, no fue más que necesario un par de minutos para encontrarnos nuevamente en el mismo punto, ya sintiéndonos como en casa y ya peleando como si fuésemos hermanos… En cuestión de horas integrábamos un pequeño grupo de amigos, una familia, y una casa, y en tan sólo un día, éramos partícipes accidentales de uno de los eventos más importante de una persona: cumplir un sueño.

Todos tenemos uno, en menor o mayor medida, aunque nos de miedo, vergüenza, o creamos que es una locura, todos tenemos un sueño. El de Franco, era el ser Licenciado en Geografía, y ese día, estaba a punto de cumplirlo, pues, sería el día que entregaría la tesis… sin embargo, esto no sucedió, otro desencuentro más con su tutor le obligó a aplazarlo una semana, lo que nos dio el tiempo suficiente de imprimirla tranquilos, organizarla y encuadernarla en un paseo que demandó una recorrida por su Universidad.

Entrar allí era pasar las puertas de mi pasado: edificios independientes que rápidamente se fundían en uno solo, más grande y estéticamente más desagradable, cuyo entorno dejaba de ser un llano para parecerse a las canteras del Parque Rodó. Aquel viaje era uno que una vez quise hacer y a lo que otro lucha por lograr. Era un viaje por viejos momentos, tardes de camadería, mate, bizcochos y libros, era un viaje que hoy parecía repetirse y mezclarse con la alegría ajena, sintiéndola como una meta alcanzada, como un logro propio de nervios de parciales y alegrías de exámenes… El mismo sentimiento que él supo sentir recorriendo en bici junto a nosotros el campus de su Universidad. Esa era nuestra forma de que sintiera también nuestro sueño como propio, ese que aún tiene de recorrer distintos lugares, conocer gente, y dibujar la tierra como una misma unidad.

La lluvia quiso que exageráramos un poco menos, aplazando la partida un día, haciendo de nuestra estadía un tiempo corto, uno que aún así hizo que ambos sueños, logros, viajes y caminos se cruzaran y se confundan en el horizonte: ahora ambos existíamos en el mismo punto… Pese a tener todas las condiciones a nuestra contra, Río Cuarto representó una ciudad de encuentros a la salida.

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