5 feb. 2012

Puentes


Un dolor de rodilla, la hermosa rambla de Mercedes y la amabilidad de su gente fueron los elementos que compusieron la última foto mental que tomaría de Uruguay. 10 días habían pasado desde aquel momento en que cortamos la cinta de largada: aquel papel higiénico que tembloroso se mecía con la brisa cálida de una mañana de verano, como dudando de nuestra capacidad de partir, reflejando en ella nuestras propias incertidumbres.

Pero aquel día la ruta se fue dibujando con el calor intenso de la tarde, con la llegada a Nueva Helvecia, con la calidez de la sonrisa de Silvana, con los pedaleos de los días siguientes: tardes de lluvia y guitarra con Isra, un viaje al pasado con César, una distancia cultural que nada tenía que ver con la geográfica en Pueblo Agraciada, y luego, la incertidumbre de la noche en Mercedes.

Mientras pedaleaba rumbo al Puente de Fray Bentos, no podía abandonar aquellas imágenes, aquellos gritos de alegría, aquellas tardes de sudor que empañaban los lentes de sol, la energía robada a la música que de a ratos sonaba por los auriculares, y la sonrisa enorme al informarnos en el club Praga de Mercedes que esa noche nos podíamos quedar en el velódromo municipal…

Cada loma, cada cerro, cada centímetro cúbico de viento en contra durante el trayecto formaba parte de un escenario que si bien era conocido, desarrollaba actuaciones sorprendentes. Las dunas móviles del Polonio, las tardes de mate y rambla en Montevideo, los litros de sidra tomados y desparramados por el piso del Mercado del Puerto un 24 o un 31, el viento juguetón de las sierras del Yerbal; todos ellos habían sido escenarios de una cultura, de una misma moneda, de un mismo lenguaje, de una misma identidad; y hoy, esa identidad, de a poco, se transformaba en el arte de levantar un pie tras otro, como en un ballet perfectamente sincronizado: adelante, siempre adelante, guiado por los ecos de un pasado no lejano de candombe, de murga, de rock en el Teatro de Verano, y últimamente, de Jazz a orillas del Río Negro.

Tras las distorsiones del calor, aparece esbelto y desafiante, el Puente General San Martín, el separador simbólico de una misma tierra, de una misma identidad más intrincada y profunda, un marcador más en un mapa. Pero no es cualquiera: es el primero de muchos.

Con la adrenalina inundando nuestro corazón y nublando mi capacidad de razonamiento, me bajo dubitativo de la bici y camino hacia Emigraciones, donde le explico mi situación y, dudando, me dice que no hagamos ninguna cola, que nos marcaría allí mismo la salida. Inmediatamente después del papeleo obligatorio, me dirijo a Inmigraciones de Argentina, donde nos indican que hasta no conseguir transporte no podrían sellarnos la entrada... Ahora sí era el momento de hacer dedo por primera vez.

Luego de preguntarle a cuanta camioneta argentina se apareciera si podía cruzarnos, y algo desmotivados por la constante negativa, el Danny observa un camión chico, con un conductor de pelo blanco y sonrisa amable que sin dudarlo nos dijo que con gusto nos llevaría hasta la mismísima ciudad de Gualeguaychú.

Una vez montados en nuestro medio de transporte temporal, mando mis últimos mensajes de texto, una especie de cometa remontado a la memoria. Saco la cámara por la ventana y observo el río Uruguay por primera vez desde una perspectiva diferente, y de a poco me sumerjo más profundamente en un sueño… uno que una vez tuve y que ahora podía contemplar con serenidad mientras el Danny conversaba con aquel conductor, uno de pelo blanco y que nos cruzaba de lado a lado, como la cinta de largada, uno de sonrisa amable, cuyo origen era Las Piedras.


4 comentarios:

Vale dijo...

Muy bueno! cómo siempre =)

gonchy dijo...

Excelente relato! es hora de dejar la vida burguesa y dedicarse a escribir mas y seguir avanzando en la ruta, para encontrar ESE NORTE tan buscado y ansiado... Abrazos a ambos

El Viejito

Gonzalo dijo...

Deja la ingenieria y dedicate al periodismo, muy bueno el relato!!!

Tu primo

Diego González dijo...

Jajaja, ¡muchas gracias, gente! :)

 
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