28 feb. 2012

¿Por qué?

Uno de los grandes misterios que encierran los sueños es esa irracionalidad en su elección y la convicción de su realización. Uno no sabe exactamente qué es lo que lo mueve a cumplirlo o qué es lo que espera al final, es tan sólo un camino de un solo sentido bien marcado que se pierde en el horizonte, un camino que indica a viva voz que ése es el que debemos tomar... ¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Por qué tanta seguridad al optar para hacerlo? ¿Por qué jugamos con esa inseguridad cuando en realidad toda nuestras vidas contamos con lo contrario?

Villa Carlos Paz, el Punta del Este del norte de Argentina, nos esperaría con su inmenso lago, sus famosos en las carteleras de los teatros, la amable bienvenida de una familia, y sus cerros desafiantes... Un lugar de esos a los que le escapamos era uno que ahora se cruzaba en nuestro camino: una ultranza de luces de colores, sonidos de motores, flashes de las cámaras y música a todo volumen irrumpían en aquel rincón del planeta una armonía que tan sólo a 10 kilómetros se comenzaba a respirar nuevamente, renovada por la pureza de los aires de la sierras.

Y era quizá uno de los desafíos, probarnos una vez más que en un lugar tan turístico continuaba existiendo gente auténtica: otra madre cordobesa, otro amigo con el que discutir las -no tanto- esencias de la vida, y otro desconocido con el que no hace falta más que un sólo litro de agua caliente y un mate para compartir tantas cosas como con los más íntimos amigos. ¿Es parte de este sueño probarnos que es esto posible? ¿Que la autenticidad de la gente existe a donde sea que uno vaya?

Para encontrar esa respuesta tuvimos que exagerar, y en una especie de ejercicio físico y espiritual, contra todas las advertencias y pronósticos, decidimos dirigirnos rumbo a Alta Gracia optando por un nuevo camino: Altas Cumbres.

Todos nos habían hablado de ese circuito, uno de más de 100 kilómetros de hermosos paisajes que nos desviaban de nuestro destino... a no ser que tomáramos una ruta alternativa. Y eso hicimos. No tan lentamente las subidas comenzaron a ser más, y sus pendientes más pronunciadas. Las bajadas casi no existían, y podía considerarse un privilegio el tan sólo hecho de tener un descanso... o una sombra donde parar a insultar.

Los paisajes, como la ruta, no daban tregua, y la excusa de la foto era la ideal para detenerse, observar el paisaje, y sentirse uno con él tras cada bocanada de aire desesperado.

¿Por qué tanto esfuerzo? ¿Por qué tanta seguridad al optar para hacerlo?

De a poco las nubes comienzan a asomarse, y pedaleando entre ellas, el sudor del cuerpo se mezclaba con el vapor del agua más pura, fundiéndose de forma natural en un abrazo al cielo.


¿Por qué tanto esfuerzo?

Al llegar al punto que nos indicaron como el fin de las subidas, una tormenta invisible se anuncia con sus fuertes truenos y se oculta tras sus rayos, tal como un buen soldado sabe hacerlo. Ahora ya no se veía nada, ni desde la cumbre ni sobre la ya desierta ruta.


¿Por qué?

Era cierto, la bici descendía a la misma velocidad que la tormenta se acercaba, y la bajada se convertía en una guiñada del camino. Lo habíamos logrado. Y pese al esfuerzo y la tormenta eléctrica, el camino todavía invitaba a continuar, sus flechas y luces de colores imaginarias decían que ése había sido el recorrido correcto. 

Aún no se por qué tanto esfuerzo, ni por qué tanta seguridad al hacerlo, pero conozco el abrazo cálido de un desconocido, el esfuerzo de luchar contra mí mismo en una pendiente, y la satisfacción al hacer todo esto... Pero más importante aún, se que no siempre es necesario subir a un cerro para ver mejor.

4 comentarios:

achusky dijo...

Ah, las altas cumbre...que guardan unos cuantos "¡¿Quien carajo me manda?!".
Cada vez más seguido me pregunto: ¿por qué subimos? ¿Que hay allá arriba? ¿Por que transitar esa subida, si la llanura es tan cómoda?...sin embargo, como ustedes dicen, el camino te llama. Uno no sabe por qué, y a pesar de esos insultos y esos "¡quien carajo me manda!", lo hace...como quien desobedecía a una madre, y no llevaba el abrigo, y no vuelve a esa hora...uno lo hace.

¿Y que hay allá arriba?

Una persona diferente, una persona que aprendió, una persona que sigue creciendo.

Diego González dijo...

¡Exacto! ¡Excelentes palabras! No tengo nada que agregar...

Lucía dijo...

Muy salado. Adorei.

Diego González dijo...

:)

 
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