27 mar 2012

Mi gran familia

Viejos papeles aseguran, en algún sótano de Montevideo, que tengo una sola hermana, una sola mamá, y un solo papá. Quiero contarles hoy, en esta pantalla brillante que tienen en frente, que un papel nunca estuvo tan equivocado.

Mi padre que allí se indica no es tal, al contrario de mi hermana que en estos momentos está en Hong Kong, persiguiendo una promesa, y que hoy me saludaba acá mismo, en esta pantalla, junto a mi madre y mi abuela, que estando en Las Piedras, se unían en el abrazo más cálido que los unos y ceros habrán entregado jamás.

También tengo un par de hermanas más: algunas en Montevideo y otra que mañana estará viajando hacia Rancagua, donde me encuentro ahora, viviendo junto a mis otros dos padres, con quienes no comparto sangre.

También está mi hermano, que por primera vez en esta travesía se separa de mí por unos días con la promesa de volvernos a ver. Y por supuesto, tengo otro hermano más en Durazno, que todos los días me lee y religiosamente me deja un par de mensajes con un montón de paréntesis y signos de dos puntos. Y por supuesto que hay otros dos, que sin saberlo acompañan a mi vieja en Las Piedras.

Pero como toda historia familiar bien entreverada, están aquellos de los que mi madre y mi padre nunca me contaron: aquellos que viven en Córdoba, en Luque, en San Francisco, en Santa Fé, en Paraná, en Luján de Cuyo, en Nueva Helvecia, en San Pedro, en Santiago de Chile, y en otros tantos lugares más.

Y quiero contarles algo que quizá les sorprenda, y es que somos muy unidos. Quizá no nos veamos en todos los cumpleaños y los velorios, pero mejor que nadie saben quién soy, muchas veces incluso más que yo, y de uno en uno, tal como si formaran una cadena, me acompañan a viajar, a soñar y a pensar. Siempre me abrigan cuando tengo frío y me invitan a refrescarme cuando hace calor. Siempre me responden con una sonrisa y me brindan una charla acompañada de un café, un mate, o una cerveza. Organizan asados, juntada con amigos, y hasta fiestas con tal de integrarme en sus círculos. Y por las noches, cuando todo está en silencio, me muestran sus fotografías, sus cuentos, o me invitan a contemplar las estrellas en las montañas.

Esa es mi familia, una grande y hermosa, una a la que temo no poder alojar toda en mi casa al mismo tiempo, pero una a la que le conté que forman parte de esta gran familia, de la que yo también no soy más que un eslabón.

Cicatrices

- Me desperté tarde en la noche, pensé que ya pasaba, pero cada vez era más fuerte... así que bajé y agarré cuanto pude para que no se cayera, y me puse abajo del marco de la puerta del frente

- Yo estaba sola en la casa, todo tembló y no supe bien qué hacer. Llamé a mi hermano y salimos para afuera mientras veíamos los transformadores explotar, eran como fuegos artificiales

- Me acababan de operar y tuve mucho miedo. El edificio temblaba de lado a lado...

- Como me demoré en salir afuera porque estaba mirando algunas cosas dentro de la casa, mi hija entró corriendo por el pasillo y nos dimos de frente. Los dos caímos de culo sobre el piso que todavía temblaba

- Mi suegra gritaba y gritaba... así que miré el Diazepán, la miré a ella, y le mandé uno entero

- Fue espantoso, yo estaba parada en mi cuarto y sentía que el edificio iba de lado a lado, y yo rebotaba entre paredes como pelotita de ping pong

En unos pocos días pudimos escuchar las historias más diversas sobre aquel sismo que sacudió a Chile en el 2010, una fecha muy recordada en la que casi todos tienen una experiencia que compartir. Aquel terremoto de 8,4 grados movilizó todo un país: sus tierras, sus aguas, sus bosques y sus ríos, pero sobre todo, movilizó a su gente...y tan fuerte fue, que de hecho, movilizó a muchas personas más, personas que a un grito de ayuda desesperado se presentaron en las fronteras de un país que se encontraba de luto para decirles, con la voz más dulce que se haya pronunciado jamás, que allí estaban, dispuestos a ayudar luego de la catástrofe. Y es eso algo que también la gente recuerda... de forma tan viva que, al día de hoy, aún se les humedecen los ojos con tan sólo contarlo.

Vivir una experiencia como aquella marcó toda una generación, una que, salvando las grandes distancias, pudimos vivir en tan solo dos días.

Todo comenzó una noche a las 04:20, cuando todos dormíamos. Al principio sentía una de mis piernas temblar, y no pude entender bien qué sucedía. Abro los ojos, y todavía sumergido en la oscuridad escucho la puerta golpearse fuertemente contra el marco. Era claro: estaba en un temblor. Inmediatamente cesó, pese a que aún se escuchaba a la puerta que a golpes lo despedía.

Al día siguiente, cuando el comentario estaba aún en la boca de todo el mundo, a las 19:30 nos encontrábamos caminando cerca de Talca, cuando siento el piso temblar. Al principio y dada nuestra proximidad con la autopista, pensé que se trataba de un camión que con una carga muy pesada se desplazaba a alta velocidad; sin embargo, al ir aumentando mi inestabilidad, miro a mi anfitrión, que sin dudarlo me dice: "¡Terremoto! ¡Afuera!" y nos hace salir corriendo desde la garita donde estábamos.

Una vez en un lugar seguro, observo el asfalto temblar como si de una goma se tratase, a los postes de luz oscilar como si fueran un péndulo, y a los autos bailar imitando un samba. Apenas podía mantenerme en pie ante aquella escena de autos deteniéndose y gente que se agachaba cuando a lo lejos y bien bajito un sonido grave me anunciaba que aquel no era un suave temblor y que mi anfitrión, en su exclamación, había tenido razón.

Una vez finalizado, nos subimos al auto y encendemos la radio. Los noticieros ya hablaban de un terremoto de entre 6,2 y 7,4 grados mientras que con más cuidado que nunca, todos conducían por la autopista.

Mientras tanto, aún atónito por lo que acababa de vivir, miraba por la ventana el increíble atardecer, con el sol ocultándose tras la Cordillera de la Costa y que suavemente pintaba de rojos y rosados la Cordillera de los Andes. Ante aquel tan magnífico paisaje y con la adrenalina del momento que me había tocado vivir, sólo podía pensar en las enormes cantidades de energía que la naturaleza literalmente imprimía para dibujar en aquel lienzo azul aquellas majestuosas montañas. Aún habiendo sido testigo de lo que podrían haber sido las heridas de hoy, las cicatrices de ayer se veían hermosas...

- El hotel se declaró en quiebra, luego de que la vertiente de aguas termales cambió de rumbo... y no la encontraron por mucho tiempo, hasta ahora, que la naturaleza logró encausarla y pudieron reabrirlo

Journey

Recorrer muchas carreteras
volver a casa
y verlo todo como si fuera la primera vez -T. S. Eliot

Cuando salimos en este viaje todo el mundo esperó que... bueno... viajemos. Pero este viaje tiene mucho más que eso, pretende ser una experiencia en sí, pretende no ser un mero traslado, sino un trayecto.  Los ingleses ya entendían estos conceptos, y les llamaron trip y journey para diferenciarlos. 

Y es en esa misma confusión en la que muchos caemos. Por momentos se trata de pedalear, pedalear y pedalear olvidándonos a veces lo importante que es contemplar. Ese ejercicio de traslado en pocas noches y estadía otras tantas es el mecanismo que hasta ahora ha caracterizado esta travesía. Es aquel mediante el cual nos hemos visto recompensados con gente maravillosa que en poco tiempo te invita a pasar a su vida formando parte de ella... Pero también comienza a suceder algo curioso: se convierte en una rutina.

No es que una rutina sea mala o buena por sí sola, pero es justamente algo que no se espera que tenga este viaje, y en lo que sin embargo caemos sin darnos cuenta.

Todo esto surgió a mí tras varios días de estar en Santiago de Chile y Rancagua. Aquí nos hemos reencontrado con varios amigos que casi son familiares y cuyas historias merecen una publicación a parte; y por esto mismo es que nos hemos visto obligados a detenernos, a dejar las bicis por unos cuantos días, y a encontrarnos a nosotros en una de las formas más transparentes que existe: a través de la mirada de quien nos conoce.

Que sucediera esto fue algo que llamó poderosamente mi atención. Pensé que justamente moviéndose todo el tiempo es que uno crece, pensé que el ir de acá para allá y conocer gente nueva a cada rato era la clave de esto, y sin embargo me doy cuenta que, una vez más, estaba equivocado. No es estar en constante movimiento lo que nos lleva a crecer, es simplemente, nuestra propia capacidad de encontrarnos en el otro.

Parece ser que, después de todo, para viajar es importante, también, detenerse.


18 mar 2012

Malas noticias

Muchas veces es más fácil amar que ser amado. Tenemos dificultades para aceptar la ayuda y el apoyo de los demás. Nuestra tentativa de parecer independientes no permite que el prójimo tenga la oportunidad de demostrar su amor. Muchas padres, en la vejez, roban a los hijos la oportunidad de dar el mismo cariño y apoyo que recibieron cuando eran niños. Muchos maridos (y mujeres), al ser alcanzados por ciertos rayos del destino se sienten avergonzados de depender del otro. Y, así, las aguas del amor no se extienden. Es preciso aceptar el gesto de amor del prójimo. Es preciso permitir que alguien nos ayude, nos apoye, nos de fuerzas para continuar. Si aceptamos este amor con pureza y humildad, comprenderemos que el Amor no es dar o recibir, es participar.


Exactamente dos meses habían pasado desde nuestro ingreso a Argentina, 3.000 km hemos recorrido desde nuestra salida de Uruguay, y por el paso más alto de la Cordillera de los Andes estuvimos, y aún así, al lado del túnel internacional y a los pies de la cordillera que recién ahora comienza a descender, puedo confesar que no he conocido una sola persona que no valiera la pena durante todo el trayecto.

Una de las preguntas frecuentemente más repetidas antes de comenzar el viaje es “¿No tenés miedo?”, y la respuesta es que, hasta el momento, sólo le tenía miedo a una cosa: cruzar la Cordillera de los Andes en bicicleta.

Creo que nos hemos acostumbrado por error al destrato: al chofer de ómnibus que no te saluda, a la chica que te lleva por delante en la calle, al viejo que te dice que porque sos joven y tenés un piercing sos un drogadicto, o al gerente que te dice que no sos apto para realizar determinada tarea… y todos ellos estarán en lo cierto siempre y cuando tú les permitas que así sea. Créanme: la gente es buena por naturaleza, si los malos son noticia es porque son los menos.

Pedir ayuda es algo totalmente subvalorado. Tememos hacerlo por quedar como boludos, ignorantes, o porque simplemente, como dije, estamos acostumbrados al destrato, al “no” fácil... pero cuando realmente nos animamos a hacerlo, podemos sorprendernos de la cantidad de gente que estará más que contenta en darnos una mano. Pedir ayuda es reconocer en uno la falta de conocimientos, de destreza o de medios para realizar algo, y a su vez reconocer en el otro la posibilidad de satisfacer nuestra necesidad… ¡es tratarlo en lugar de destratarlo! Y lo que se consigue a cambio es justamente la naturaleza desinteresada del acto.

Esto a su vez va generando una cadena: la persona ayudada adquiere la nueva destreza, habilidad o, eventualmente, medio, y cuando lo hace, comienza a sentir la necesidad de mostrarle a otro lo aprendido, de ofrecerle a otro lo adquirido, y deja de sentirse destratado para comenzar a sentirse valorado… Y cuando una persona se valora, comienza a sentirse mejor consigo mismo, lo que es la base para sentirse bien con otras personas… y al final, toda la comunidad entera adquiere un valor por el simple hecho de ser comunidad.

A todos ellos, a todos quienes hasta ahora forman parte de esta comunidad, que aportan a esta prueba que nos hemos propuesto de mostrar que las cosas pueden hacerse de forma diferente: desde la familia que nos abrió las puertas de su casa, desde la chica que viviendo sola decide alojarnos, desde el flaco aquel que nos acompaña con un mate, desde el camionero que se detiene en ruta a ofrecernos agua, desde nuestros amigos que a la distancia se hacen sentir bien cerquita cada vez que nos mandan un mail, hasta vos, que estás leyendo este blog en este momento, sepan todos ustedes que son quienes hacen posible esto… y no me refiero a nuestro viaje, sino a que el mundo sea un mejor lugar con cada gesto.

"¡Adelante!"

Como nos pasó durante todo el viaje hasta ahora, la travesía no resultaría como lo planeado, y el camino estaría plagado de símbolos; tantos, como los que representaría el último día de cruce de la cordillera.
Amanecer en los Andes
Ese día nos levantamos mucho más temprano que de costumbre, incluso antes que el sol se apareciera tras la montaña, que aún oscura en la mañana nos recordaba el frío de las alturas.

Armamos todo lo más rápido posible y así salir bien temprano, antes que el viento proveniente del pacífico comenzara a soplar con toda su furia, para detener un viaje de miles de kilómetros en aquellas montañas, frenándonos en su intento.

Es así que nos dejamos llevar por el último tramo que representaría la ruta nacional numero 7. Según nos habían dicho, sería el tramo más complicado de la travesía, pero también el más corto, en el que tan sólo 17 kilómetros nos separaban de la frontera de Chile. El último pueblo sería Las Cuevas, donde intentaríamos quedarnos una noche para al otro día comenzar nuestro descenso hacia Santiago de Chile.

Y deslizándonos entre valles y montañas, viejas vías de tren y cascadas, llegamos a los pies del límite internacional, uno imaginario que allí lograba materializarse gracias al Cerro Cristo Redentor, en cuya cima un Cristo saludaba pacientemente a ambos lados de la frontera, recordando en su mensaje que éstas no existen cuando se trata de paz y respeto.

El ombligo del mundo
Apenas llegamos, estrechamos las manos con el Danny, en un acto silencioso de reconocimiento a lo que éramos capaces de hacer. Inmediatamente, impulsados por las ansias de conocer, nos dejamos llevar…

Nuestra primera parada fue con Claudia, una chilena radicada en aquel –muy- pequeño pueblo que subsistía gracias a su producción artesanal de chocolate. A ella le pedimos permiso para dejar las cosas mientras subíamos al Cerro y muy amablemente nos invita a hacerlo bien en frente a la puerta de la casa, donde ella pudiera vigilarlas durante nuestra ausencia.

Mientras descargábamos las cosas, una familia rosarina se nos acerca y nos pregunta sobre nuestro viaje, invitándonos inmediatamente a realizar el ascenso con ellos. Luego de haber planeado subirlo en bici o caminando, nos encontrábamos cómodamente sentados en un auto observando el paisaje alejarse a nuestros costados, haciéndose cada vez más pequeño hasta llegar a ser un punto apenas visible.

Una vez en la cima, el viento aún un poco adormecido comienza a despertarse en su bostezo infernal. En las alturas el frío cala más hondo, y de a poco comienza a sentirse en los pies desnudos, al mismo tiempo en el que bien cerca, casi palpables, los restos de nieve y glaciares nos recuerdan las temperaturas a las que podíamos llegar; mientras que las montañas, las personitas, los autos chiquitos allá abajo, y una cantidad de rocas enormes desplazadas por las laderas luego de un violento terremoto, nos recuerdan nuestro tamaño real, ese pequeño e insignificante pero a la vez poderoso que somos: capaces de tener un tamaño minúsculo y aún así, sentarnos en los hombros del mundo para contemplar nuestros pies y recordar que el ombligo, después de todo, está allá abajo, visible, pero bien lejos.

Mensajes
No tuvimos que pasar demasiado tiempo para conocer otras personas: entre ellas, una pareja de mendocinos amantes de la naturaleza y aficionados al ciclismo, que en sus breves minutos nos regalaron su sonrisa, una fotografía, y mucho aliento para el trayecto que nos quedaba.

Y también estaban las dos parejas rosarinas, con quienes descubrimos que aquel no era nuestro primero encuentro, ya que ellos mismos habían sido quienes me habían visto meter la pata tan soberanamente en el Puente del Inca la tarde del día anterior, cuando me delataron… Y rápidamente los posibles rencores cedieron ante la risa de los ridículos, la gracia del destino, y la hermandad que une a quienes admiran lo intrincado del mismo.


El túnel
Antes de subir al Cristo, ya habíamos arreglado donde dormir: desde tiempos inmemoriales, cuando San Martín cruzó los Andes, fueron creados algunos refugios para los peregrinos, para el correo y los mensajeros. De aquellos quedan aún algunos vestigios, y entre bromas descubrimos con el Danny que aún estaban en uso, y que aquel bien podría ser nuestro refugio por la noche… claro… hasta que obviamente las cosas se dieron de otra manera.

Todo comenzó cuando fuimos a la gendarmería argentina para organizar el cruce al túnel: uno de 3,6 Km en cuya mitad se encuentra la frontera entre Argentina y Chile y en cuya cima descansa el famoso Cristo. La respuesta fue inmediata, y vino de la mano de Sebastián, un chileno que se encontraba de casualidad en aquel momento:



- Nosotros los cruzamos, po. Ellos nos llaman y venimos a buscarte, yo trabajo en la vialidad chilena, cuidando el túnel. Al costado hay una casa abandonada donde pueden acampar, y si quieren ducha yo veo si les puedo conseguir.

Todo dicho, a almorzar y cruzar el túnel.

Una vez del lado chileno, observamos la casa, pero no nos pudo convencer la inquilina previa a al cual teníamos que pedirle permiso: la mugre. Así que decidimos preguntar en la vialidad si había posibilidad de tirar una carpa en otro lado, nos acercamos a Sebastián y le preguntamos primero por la ducha… Él llamó a su jefe, y en cuestión de minutos, teníamos habitación, ducha, y una muy agradable conversación en la sala de monitoreo del túnel internacional.

Cristo Redentor
Se notaba en los rasgos de Sebastián que era un hombre curtido por el tiempo, en el que el trabajo y el esfuerzo formaron parte integral de su historia… así como se notaba, en sus gestos y en su voz amable, que era un hombre de esos que nos hemos acostumbrado a cruzar, que les gusta dar sin esperar nada a cambio.

Largas horas estuvimos conversando aquella tarde al pie de la cordillera, observando el tráfico y un cóndor que inesperadamente nos regaló una muestra de sus destrezas aéreas. Sin quererlo, de a poco nos fuimos metiendo en su historia: conocimos una madre que con cáncer se deslomaba trabajando por sus hijos; conocimos una familia que, teniendo a la mamá de Sebastián como cacera, lo invitaba a él a integrarse en un almuerzo en el mismo comedor; conocimos la fortaleza interior de un padre que ama a sus hijos; y conocimos una historia de amor, de esas que con tan sólo escucharla le eriza a uno los pelos.

Pero conocimos, por sobre todas las cosas, un hombre que nos enseñó que la vergüenza la debemos tener sólo cuando hicimos algo con maldad, pero nunca jamás a demostrar cariño, a compartir una historia, o a escuchar hablar de Dios… Ese que, paradójicamente, no es el que descansa a la irrisoria distancia de 4.000 m de altura y habíamos visitado ese mismo día, sino al que cada uno lleva dentro de forma innata y le dice cómo proceder cuando se siente perdido… ese que incluso podría llegar a materializarse en el sueño de una madre que, luego de dos años de ausencia física, se muestra en un sueño trabajando arduamente mientras los más diestros, como Sebastián, podían escuchar “¡Adelante!”.

 
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