24 jun. 2012

Los secretos del Desierto I

La primera vez que me hablaron del Desierto aún creía que la gente era buena, que los océanos eran infinitos y que existía un hombre, que por pura deferencia a los niños que se portaban bien, apenas empezado cada 25 de Diciembre regalaba sueños y esperanzas en forma de juguetes.


Según me habían contado, no era nada interesante: un lugar simplemente vacío. Podía ser de arena, nieve o rocas, pero sea como sea, era un lugar inhóspito, en el que nada podía crecer: ni las plantas, ni los animales, ni las historias, y mucho menos los milagros. Hoy, luego de estar dos meses viviendo en él, les voy a contar un secreto, pero para eso, necesito que se olviden de todo lo que han escuchado hasta ahora.

Entre Tongoy y Los Vilos
El paisaje se poblaba de cáctus y arbustos. Pedalear allí no podía ser más aburrido, y mucho más aún luego de una lesión en la planta de mi pie izquierdo. Fue así que la aburrida llegada se tornó en una casi de turismo aventura, al viajar en un camión cuyos frenos fallaban.

Sin embargo, la llegada a La Serena se produjo sin incidentes y con la característica neblina que nos acompañaría toda la estadía y nos haría recordar que nuestro lugar ya no era el conocido Montevideo, donde su sola presencia era augurio inequívoco de lluvias. No aquí. Ya en los albores del Desierto de Atacama, la neblina era algo de todos los días, pero la lluvia, en cambio, era cuestión de tres veces al año si se era afortunado.

 

Viaje a las estrellas
Los afamados rincones del Valle del Elqui deben su fama a la disputa del Pisco llevada a cabo entre Chile y Perú. Sin embargo, esa grieta de vida que regalaba la cordillera, ganó su lugar en el mapa y el corazón de la gente cuando una noche como tantas, decidieron mirar al cielo. Las estrellas se observaban majestuosas en los cuatro puntos cardinales, orientándolos hacia un océano de posibilidades o una cordillera de desafíos.

Años después, apuntaron sus telescopios por primera vez y descubrieron, como los primeros agricultores que allí osaron cuidar de la uva, un racimo de estrellas en cada punto: que las Tres Marías ya no existían como tal, que la estrella inferior no era más que millones de estrellas juntitas, y que la cruz del sur, cuatro veces su distancia mayor y cortando hacia abajo marcaba, efectivamente, el confín de todo un país. Pero mejor aún, descubrieron, corriendo las neblinas de las nebulosas, que Saturno es un planeta, blanco, majestuoso, y que al ojo desnudo, como todo planeta, no titila.


El Encanto del desierto
El atardecer sorprende en el desierto: las dunas parecen cambiar de color minuto a minuto, segundo a segundo; el hilo de agua que apenas corre musicaliza todo un entorno que las pocas aves deciden entregarle al irse a descansar; los insectos casi inexistentes, detienen su movimiento infernal para ocultarse tras las rocas. Y sin embargo, aún puede sorprender más cuando, apareciendo la primera estrella, descubro que la roca a mi lado es fiel testigo de mis antepasados.

Dibujos aquí, dibujos allá. Rocas y más rocas con dibujos humanos, animales, formas, y hasta colores pacientemente dejados como regalo por un artista de épocas en las que se desconocían los derechos de autor… hace ya algo así como 4.000 años. Ahora entiendo a qué el Valle del Encanto debe su nombre.


El árbol de los recuerdos
La insoportable neblina diaria de La Serena se traslada por toda la costa por más de 200 Km hacia cada punto cardinal, obligándome, en medio de un cerro, a toser como loco mientras mis amígdalas presagian mi futuro inmediato.

Desde lo alto observo el Océano Pacífico entregarse furiosamente a la falda de los cerros, y de pronto, en la cima, me encuentro con otro trozo de historia viva. El monte, alimentado sólo por la humedad de la neblina, con sus árboles bajos, sus plantas rastreras y musgos, es una muestra de lo que supo existir en el suelo del Desierto de Atacama hace ya unos 10.000 años. Sólo allí es que me doy cuenta de la importancia del equilibrio.


La dama de los pingüinos
Una mujer petrificada vigila desde lo alto una isla de aguas verdes y arenas blancas, mientras a las orillas de la vecina isla, unos pingüinos le bailan al amor. Las algas crecen generosamente acariciadas por los delfines que cada tanto se acercan curiosos a los botes con pasajeros que los observan de la misma manera logrando, sin proponérselo, identificarse con ellos. A escasos metros y en medio de un auténtico concierto a la vida, comienza el desierto.


Cuándo llueve en el desierto
Luego de dos meses de tinieblas matutinas, llegó la hora de reanudar la travesía, y esa misma tarde, que se nubló sólo por los recuerdos que invadían mis ojos, nos despedimos del lugar y nuestro guía, quien supo mostrarnos los primeros secretos… Aún incluso luego de habernos ido, al decirnos que esa noche, por primera vez en el año y no tanto como por casualidad, llovió en el desierto.


4 comentarios:

Nadia dijo...

Precioso Dieguito cómo siempre. La foto de Saturno la sacaste tu? En serio se ve así de claro? o es sacada de internet? jejeje beso y q siga ese viaje viento en popa o en proa no se q les viene mejor :P

Diego González dijo...

¡Locachina! ¡Gracias por la buena onda y por estar del otro lado! :)

La foto de Saturno la saqué a través de un telescopio, a simple vista no se ve así, obvio, jeje

gonchy dijo...

Hermosos relatos como siempre, mami agradecida (revisaba todos los dias el blog!) sigan adelante, saludos a ambos y esperamos el proximo post en el blog (aunque mas no sea via KINDLE, jeje)

Diego González dijo...

Jeje, que aproveche que hoy había 2x1 :P

 
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