24 may. 2012

Palabras para Junio

- No es así, yo no estoy de acuerdo -me dijo mirando hacia abajo, revisando inconscientemente su afirmación.
Hace días se encontraba así, bajoneado... No era necesario compartir muchos días para darse cuenta: los problemas propios y ajenos de a poco iba consumiéndolo, transformando la alegría en desidia, la paz en aburrimiento, y los días libres en un infierno...
- ¿Por qué decís eso?
- Todos los días en mi trabajo veo lo peor: gente que roba, gente que lastima, y hasta gente que asesina
- Bueno, pero es que tu trabajo es justamente ver todos esos casos, buscando justicia... vos estás mirando un conjunto pequeño de la población, un conjunto que justamente se define por su comportamiento, pero no todo el mundo es así... Mirá...


Sin ver al sacerdote que nos había dado alojamiento en El Melón, trancamos la puerta con la sola confianza que habíamos recibido y ese día depositábamos en el pueblo sabiendo que nadie entraría a hacer alguna maldad.

- ¡Tuviste suerte! -me interrumpió.
- No, escuchá...

Salimos a la ruta y por primera vez, dirigimos nuestras bicicletas hacia donde ya habíamos estado, con la esperanza de que algún conductor nos transporte a través del túnel que nos prohibía el paso y nos dejara donde pudiera.

No tuvimos que esperar demasiado, que bien temprano en la mañana ya nos encontrábamos en una camioneta con rumbo norte y que, de forma inesperada, nos invita a recorrer la costa chilena, desviándonos de nuestro camino para caminar en los pasillos de la memoria de aquel hombre y su hijo que, en el balneario de Zapallar, nos muestra cómo era su niñez antes de que las calles estuvieran pavimentadas.

Una vez que se inmortalizaron en una foto, comenzamos a pedalear rumbo a Los Vilos, con la esperanza de llegar ese mismo día pese a la hora y los kilómetros que nos faltaban. Entre subidas y bajadas, sentía que me encontraba como en una hamaca: impulsado por mis propios pies y deslizándome junto al viento, hacia adelante y hacia atrás, con un paisaje que desaparecía bajo las ruedas de mi bicicleta, pero que inmediatamente después era redescubierto con sólo levantar la mirada: doce barrancos que se entregaban a la circunstancial calma del Pacífico, veintidós playas de arenas blancas y cinco de arenas oscuras, cuatro pueblitos, e incontables pájaros. La música iba de acuerdo al humor, y todo estaba perfectamente sincronizado. Nuestro único miedo era que al llegar a Los Vilos los relojes se adelantaran, el día se hiciera noche, y así como siempre zafamos al infortunio, éste finalmente nos declarara su victoria.

Primero golpeamos la puerta de la iglesia, sin éxito alguno. Luego, fuimos al cuartel de bomberos, donde nos indican que tendrían que consultar, porque ya estaban alojando a Martin, un inglés que lleva nada más ni nada menos que cinco años caminando por el continente. Bastó hablar con él un minuto por cada año de viaje para que nos permitieran quedarnos.

- ¡Pero los bomberos son gente particular! -me increpa- ¡Ellos siempre dan una mano, están para eso!
- ¡Ah! ¿Y vos no?
- Si, pero tu también estás mirando un grupito chiquito de gente...
- No, no siempre es así... dejame terminar -le digo y continúo


 Pedimos una sola noche y nos terminamos quedando tres. Las tardes en el cuartel eran de fácil acostumbramiento, y la buena onda reinaba por sobre la jerarquía. "Ellos son los uruguayos que andan en bicicleta" dijo el jefe del cuartel "Un gusto, señora", "Ella es la intendenta...", "Sí, aquí mandamos las mujeres", dijo con una amplia sonrisa. "El gusto es mío, sólo quería recordarles que pueden estar aquí el tiempo que necesiten, ésta es su casa". Así cualquier promesa era fácil de romper.

La velocidad de los autos en Uruguay y la velocidad de la bici por Argentina parecían inverosímiles a la velocidad de nuestro caminar junto a Martin en Chile. Allí las tardes transcurrían paso tras paso, con un andar cansino delatado por el hablar de nuestro acompañante, y aún así, con un hálito que invitaba a continuar hasta donde nuestra imaginación nos permitiera.

Aquella velocidad, reducida aún más por una lesión en la planta de mi pie derecho, me daba el empujón más fuerte que jamás haya recibido. Tras varios días de detenimiento, aquel hombre sin saberlo me recordaba a mis ansias de andar, y de a poco, entre la voz del océano y los ecos de las gaviotas, me invitaba a continuar, más y más, para detenerme sólo cuando así me lo solicitara el cuerpo.

Cuando finalmente me sentí repuesto, hicimos dedo para llegar hasta aquí, hasta La Serena. Nuestro conductor de turno tenía problemas con su camión, y a duras penas pudimos llegar... y bueno, hoy estamos acá.

- ¿Y eso me demuestra que la mayoría de la gente es buena?
- Y... sí...
- No, Diego, estás equivocado... ¿cómo es posible que nos matemos entre sí, que permitamos que hayan hurtos, pero sobre todo, que eso suceda por necesidad; que haya gente muriéndose de hambre aquí mismo en Chile?
- No lo se, pero sí te puedo decir que siempre que precisamos una mano la tuvimos, y hemos recibido mucho cariño durante todo este tiempo. Nunca nada nos pasó: nunca pasamos frío, ni hambre, ni nos faltó una ducha... ¡y hasta la mayoría de las veces tuvimos una cama! Y eso que nosotros viajamos de forma bastante vulnerable... ¿Por qué te deprimís? ¿No te parece que si el ser humano fuera malvado por naturaleza sería imposible básicamente salir a la calle?
- Puede ser... -dijo con un fugaz brillo en sus ojos.

Aquel fue el indicador que precisábamos para darnos cuenta que siempre estuvimos donde debíamos estar... sólo que siempre fue cuando nosotros precisábamos ayuda, pero nunca al revés. Ése era el momento de exhibir con orgullo todo el cariño que hemos estado recibiendo. Ése era el momento de mostrar, no con teorías, más sí con ejemplos, de que la maldad no es más que la ausencia de oportunidad.

6 comentarios:

Jorge dijo...

Hola Diego, si el inglés es un tipo flaco, vegetariano... pues le he estado siguiendo los pasos en Paraguay, un buen tramo del recorrido (Carayao, Concepción...) me fueron contanto que hacía 6 meses había estado un flaco inglés un tanto raro... En fin... nexos de unión por el mundo. Abrazos y que todo vaya bien. Yo ya regresé a España por unos meses.

Diego González dijo...

¿Si? ¿Te dijeron si había sido bombero? ¿Lo conociste en un cuartel?

¿Y ya volviste? ¿Cómo te fue en todo el viaje, entonces?

Anónimo dijo...

Sin palabras Diego. Leo esto en el momento acertado. Gracias! Y espero que todo ahí siga bien. Un abrazo enorme.

Emanuel Galletto

Diego González dijo...

¡Paaaaaaaa! ¡Mirá quién apareció! ¿Cómo estás loco? ¿Por qué el momento indicado?

Jacqueline dijo...

Diego: simplemente encantada de conocerte, admirada por la valentía de cumplir el sueño de este viaje, que sin dudas muchos quisiéramos emprender. Como te lo dije ayer, gracias, la detención transitoria de tu viaje ha influido significativamente en una persona que quiero. Me habría gustado tener más tiempo para conversar contigo y Danny, ¿pero quién puede asegurarnos que no tendremos esa oportunidad más adelante?. Un abrazo cariñoso y seguiré tu viaje por aquí, con lo que quieras compartirnos. Jacqueline.

Diego González dijo...

¡Claro que sí! ¡Y gracias a vos por ayudarnos de forma directa e indirecta a continuar! Gente como vos es la que hace a este viaje :)

¡Te espero en Uruguay cuando quieras visitarme! Serás más que bienvenida y ya estoy organizando el tour :D

 
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