9 abr 2012

Lo más difícil

- ¿Y por qué te vas? ¿No fuiste bien atendido acá? -Me dijo seriamente y sin apartar sus ojos de los míos.

"¿Y no tenés miedo?" me han preguntado innumerables veces. "No", les respondo seguro y con una sonrisa de oreja a oreja, mientras cuento lo orgulloso que estoy de la gente maravillosa que he conocido, que sin dudarlo te integra a su familia y te hace sentir como en casa. Después termino mi discurso contándoles sobre la importancia de pedir ayuda y el miedo absurdo que tenemos al solicitarla.

Luego de un silencio, viene otra de las preguntas frecuentes: "¿Y qué ha sido lo más difícil?", y ahí vienen las historias de las subidas empinadas por las sierras de Córdoba, de los piquetes en su capital provincial, y del viento en contra en la Cordillera... hasta hoy. "¿Y qué ha sido lo más difícil?" me volvieron a preguntar sus amigos que recién en aquella cena me conocían y ponían en duda la veracidad de la historia, corroborada sólo por mi acento. Esta vuelta me agarró de improviso, y por primera vez y sin pensarlo, respondí: "Despedirme".

Las despedidas tienen un sabor agridulce: hablan de abrazos y hasta luegos, con la incertidumbre de alguna vez poderse volver a ver, con la certeza de que no será como ahora, pero aún así, con la sonrisa de un nuevo nacimiento: el de la posibilidad de reencuentro.

- Claro que sí -le respondo seguro-. Pero piensa en esto: Para mí has sido como una madre estos días, y te estoy muy agradecido; pero no puedo dejar de pensar en una cosa: ¿Cuánta gente maravillosa como vos resta aún por conocer?

6 abr 2012

La única voz

Rodríguez sentía pasión por el mar. Cualquier pretexto le venía bien para llegar a él. No era pescador, ni le atraía el baño en las playas. Le gustaba el mar para verlo y sentarse a sus orillas, fumando en silencio, viendo nacer y morir las olas en un callado gozo.

A orillas del puerto, en un bar, una pareja tomaba pisco: ella era austríaca y no hablaba español, mientras su acompañante era un hombre chileno, con un español tan tosco como su rostro. A su lado, tres jóvenes tomaban cerveza y hablaban de la vida mientras en el escenario, cinco músicos intentaban destacarse por encima del barullo generalizado. Al salir, la pareja caminó por las calles de adoquines que en su intrincado vaivén invitaban a descubrir sus secretos. En silencio se podían escuchar viejas historias de prostitutas paradas bajo los faroles, de pintores fracasados ahogando sus penas en alcohol y de poetas hipócritas que para ganarse unos mangos actuaban de improviso en algún bar. Y con todo, la ciudad era hermosa.

Una vez olvidada la noche, la mañana traía recuerdos de garúas, que tras el sonido de las gaviotas, iniciaba una nueva jornada de carga y descarga de contenedores y el recorrido de algún que otro turista perdido. Ellos paseaban todos los días por los Cerros Concepción y Alegre, tomando fotos de forma desenfrenada a las casitas pintadas de todos los colores imaginables, resultado de algún remate de pintura sobrante de los barcos. Ellos, sin saberlo, también estaban vinculados al puerto.


Más allá de los teleféricos, de los lobos marinos, y del olor a pescado, se encontraba una ciudad de hermosos colores, con una rambla impecable, perfumada por casinos y hoteles, impregnada de turistas caminando de aquí para allá, trolebuses, carros tirados a caballos vendiendo fantasías, y el sonido estridente de algún vendedor de helado caminando por la playa. Uno se cruzaba de ciudad sin grandes accidentes geográficos, pero notando una identidad muy bien definida. De este lado de la costa, la gente apenas hablaba español, comía con varios tenedores, y abrazaba al turista mientras tanteaba el bulto de su billetera... Su hermana menor, mientras tanto, apenas si lo hacía para alimentar una ilusión.

Y fue entre estos dos escenarios que lo ví: inmenso, majestuoso, con ojos azul transparente, una risa estrepitosa y contagiosa, un abrazo grande y acogedor, y un misterio tan inmenso como su propia conciencia. Desde allí sólo pude imaginarme las historias que podría llegar a contarme: de hombres de ciencia, de poetas, de creencias, de arrecifes y corales, acantilados y playas; desde allí pude oír una voz que me llamaba, una que me invitaba... era la misma voz que hace tantos años no escuchaba, aquella que supo ser la única guía cuando estaba perdido y que, basado en viejos recuerdos, recreo con alegría.

Rodríguez, luego de hablar mucho del mar, se dirigió a la costa.
Estuvo allí un largo rato, callado, abstraído. Fumando en silencio, mirando a la distancia remota, siguiendo el vuelo de las gaviotas, viendo morir y renacer las olas interminables.
Los amigos lo veían allí, sentado, quieto, solo frente al mar y la tarde que expiraba ya.
–¿Qué estará haciendo? –Preguntó "Siete y tres diez".
–Mirando el mar y nada más –dijo el desconocido

27 mar 2012

Mi gran familia

Viejos papeles aseguran, en algún sótano de Montevideo, que tengo una sola hermana, una sola mamá, y un solo papá. Quiero contarles hoy, en esta pantalla brillante que tienen en frente, que un papel nunca estuvo tan equivocado.

Mi padre que allí se indica no es tal, al contrario de mi hermana que en estos momentos está en Hong Kong, persiguiendo una promesa, y que hoy me saludaba acá mismo, en esta pantalla, junto a mi madre y mi abuela, que estando en Las Piedras, se unían en el abrazo más cálido que los unos y ceros habrán entregado jamás.

También tengo un par de hermanas más: algunas en Montevideo y otra que mañana estará viajando hacia Rancagua, donde me encuentro ahora, viviendo junto a mis otros dos padres, con quienes no comparto sangre.

También está mi hermano, que por primera vez en esta travesía se separa de mí por unos días con la promesa de volvernos a ver. Y por supuesto, tengo otro hermano más en Durazno, que todos los días me lee y religiosamente me deja un par de mensajes con un montón de paréntesis y signos de dos puntos. Y por supuesto que hay otros dos, que sin saberlo acompañan a mi vieja en Las Piedras.

Pero como toda historia familiar bien entreverada, están aquellos de los que mi madre y mi padre nunca me contaron: aquellos que viven en Córdoba, en Luque, en San Francisco, en Santa Fé, en Paraná, en Luján de Cuyo, en Nueva Helvecia, en San Pedro, en Santiago de Chile, y en otros tantos lugares más.

Y quiero contarles algo que quizá les sorprenda, y es que somos muy unidos. Quizá no nos veamos en todos los cumpleaños y los velorios, pero mejor que nadie saben quién soy, muchas veces incluso más que yo, y de uno en uno, tal como si formaran una cadena, me acompañan a viajar, a soñar y a pensar. Siempre me abrigan cuando tengo frío y me invitan a refrescarme cuando hace calor. Siempre me responden con una sonrisa y me brindan una charla acompañada de un café, un mate, o una cerveza. Organizan asados, juntada con amigos, y hasta fiestas con tal de integrarme en sus círculos. Y por las noches, cuando todo está en silencio, me muestran sus fotografías, sus cuentos, o me invitan a contemplar las estrellas en las montañas.

Esa es mi familia, una grande y hermosa, una a la que temo no poder alojar toda en mi casa al mismo tiempo, pero una a la que le conté que forman parte de esta gran familia, de la que yo también no soy más que un eslabón.

Cicatrices

- Me desperté tarde en la noche, pensé que ya pasaba, pero cada vez era más fuerte... así que bajé y agarré cuanto pude para que no se cayera, y me puse abajo del marco de la puerta del frente

- Yo estaba sola en la casa, todo tembló y no supe bien qué hacer. Llamé a mi hermano y salimos para afuera mientras veíamos los transformadores explotar, eran como fuegos artificiales

- Me acababan de operar y tuve mucho miedo. El edificio temblaba de lado a lado...

- Como me demoré en salir afuera porque estaba mirando algunas cosas dentro de la casa, mi hija entró corriendo por el pasillo y nos dimos de frente. Los dos caímos de culo sobre el piso que todavía temblaba

- Mi suegra gritaba y gritaba... así que miré el Diazepán, la miré a ella, y le mandé uno entero

- Fue espantoso, yo estaba parada en mi cuarto y sentía que el edificio iba de lado a lado, y yo rebotaba entre paredes como pelotita de ping pong

En unos pocos días pudimos escuchar las historias más diversas sobre aquel sismo que sacudió a Chile en el 2010, una fecha muy recordada en la que casi todos tienen una experiencia que compartir. Aquel terremoto de 8,4 grados movilizó todo un país: sus tierras, sus aguas, sus bosques y sus ríos, pero sobre todo, movilizó a su gente...y tan fuerte fue, que de hecho, movilizó a muchas personas más, personas que a un grito de ayuda desesperado se presentaron en las fronteras de un país que se encontraba de luto para decirles, con la voz más dulce que se haya pronunciado jamás, que allí estaban, dispuestos a ayudar luego de la catástrofe. Y es eso algo que también la gente recuerda... de forma tan viva que, al día de hoy, aún se les humedecen los ojos con tan sólo contarlo.

Vivir una experiencia como aquella marcó toda una generación, una que, salvando las grandes distancias, pudimos vivir en tan solo dos días.

Todo comenzó una noche a las 04:20, cuando todos dormíamos. Al principio sentía una de mis piernas temblar, y no pude entender bien qué sucedía. Abro los ojos, y todavía sumergido en la oscuridad escucho la puerta golpearse fuertemente contra el marco. Era claro: estaba en un temblor. Inmediatamente cesó, pese a que aún se escuchaba a la puerta que a golpes lo despedía.

Al día siguiente, cuando el comentario estaba aún en la boca de todo el mundo, a las 19:30 nos encontrábamos caminando cerca de Talca, cuando siento el piso temblar. Al principio y dada nuestra proximidad con la autopista, pensé que se trataba de un camión que con una carga muy pesada se desplazaba a alta velocidad; sin embargo, al ir aumentando mi inestabilidad, miro a mi anfitrión, que sin dudarlo me dice: "¡Terremoto! ¡Afuera!" y nos hace salir corriendo desde la garita donde estábamos.

Una vez en un lugar seguro, observo el asfalto temblar como si de una goma se tratase, a los postes de luz oscilar como si fueran un péndulo, y a los autos bailar imitando un samba. Apenas podía mantenerme en pie ante aquella escena de autos deteniéndose y gente que se agachaba cuando a lo lejos y bien bajito un sonido grave me anunciaba que aquel no era un suave temblor y que mi anfitrión, en su exclamación, había tenido razón.

Una vez finalizado, nos subimos al auto y encendemos la radio. Los noticieros ya hablaban de un terremoto de entre 6,2 y 7,4 grados mientras que con más cuidado que nunca, todos conducían por la autopista.

Mientras tanto, aún atónito por lo que acababa de vivir, miraba por la ventana el increíble atardecer, con el sol ocultándose tras la Cordillera de la Costa y que suavemente pintaba de rojos y rosados la Cordillera de los Andes. Ante aquel tan magnífico paisaje y con la adrenalina del momento que me había tocado vivir, sólo podía pensar en las enormes cantidades de energía que la naturaleza literalmente imprimía para dibujar en aquel lienzo azul aquellas majestuosas montañas. Aún habiendo sido testigo de lo que podrían haber sido las heridas de hoy, las cicatrices de ayer se veían hermosas...

- El hotel se declaró en quiebra, luego de que la vertiente de aguas termales cambió de rumbo... y no la encontraron por mucho tiempo, hasta ahora, que la naturaleza logró encausarla y pudieron reabrirlo

Journey

Recorrer muchas carreteras
volver a casa
y verlo todo como si fuera la primera vez -T. S. Eliot

Cuando salimos en este viaje todo el mundo esperó que... bueno... viajemos. Pero este viaje tiene mucho más que eso, pretende ser una experiencia en sí, pretende no ser un mero traslado, sino un trayecto.  Los ingleses ya entendían estos conceptos, y les llamaron trip y journey para diferenciarlos. 

Y es en esa misma confusión en la que muchos caemos. Por momentos se trata de pedalear, pedalear y pedalear olvidándonos a veces lo importante que es contemplar. Ese ejercicio de traslado en pocas noches y estadía otras tantas es el mecanismo que hasta ahora ha caracterizado esta travesía. Es aquel mediante el cual nos hemos visto recompensados con gente maravillosa que en poco tiempo te invita a pasar a su vida formando parte de ella... Pero también comienza a suceder algo curioso: se convierte en una rutina.

No es que una rutina sea mala o buena por sí sola, pero es justamente algo que no se espera que tenga este viaje, y en lo que sin embargo caemos sin darnos cuenta.

Todo esto surgió a mí tras varios días de estar en Santiago de Chile y Rancagua. Aquí nos hemos reencontrado con varios amigos que casi son familiares y cuyas historias merecen una publicación a parte; y por esto mismo es que nos hemos visto obligados a detenernos, a dejar las bicis por unos cuantos días, y a encontrarnos a nosotros en una de las formas más transparentes que existe: a través de la mirada de quien nos conoce.

Que sucediera esto fue algo que llamó poderosamente mi atención. Pensé que justamente moviéndose todo el tiempo es que uno crece, pensé que el ir de acá para allá y conocer gente nueva a cada rato era la clave de esto, y sin embargo me doy cuenta que, una vez más, estaba equivocado. No es estar en constante movimiento lo que nos lleva a crecer, es simplemente, nuestra propia capacidad de encontrarnos en el otro.

Parece ser que, después de todo, para viajar es importante, también, detenerse.


 
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