6 abr. 2012

La única voz

Rodríguez sentía pasión por el mar. Cualquier pretexto le venía bien para llegar a él. No era pescador, ni le atraía el baño en las playas. Le gustaba el mar para verlo y sentarse a sus orillas, fumando en silencio, viendo nacer y morir las olas en un callado gozo.

A orillas del puerto, en un bar, una pareja tomaba pisco: ella era austríaca y no hablaba español, mientras su acompañante era un hombre chileno, con un español tan tosco como su rostro. A su lado, tres jóvenes tomaban cerveza y hablaban de la vida mientras en el escenario, cinco músicos intentaban destacarse por encima del barullo generalizado. Al salir, la pareja caminó por las calles de adoquines que en su intrincado vaivén invitaban a descubrir sus secretos. En silencio se podían escuchar viejas historias de prostitutas paradas bajo los faroles, de pintores fracasados ahogando sus penas en alcohol y de poetas hipócritas que para ganarse unos mangos actuaban de improviso en algún bar. Y con todo, la ciudad era hermosa.

Una vez olvidada la noche, la mañana traía recuerdos de garúas, que tras el sonido de las gaviotas, iniciaba una nueva jornada de carga y descarga de contenedores y el recorrido de algún que otro turista perdido. Ellos paseaban todos los días por los Cerros Concepción y Alegre, tomando fotos de forma desenfrenada a las casitas pintadas de todos los colores imaginables, resultado de algún remate de pintura sobrante de los barcos. Ellos, sin saberlo, también estaban vinculados al puerto.


Más allá de los teleféricos, de los lobos marinos, y del olor a pescado, se encontraba una ciudad de hermosos colores, con una rambla impecable, perfumada por casinos y hoteles, impregnada de turistas caminando de aquí para allá, trolebuses, carros tirados a caballos vendiendo fantasías, y el sonido estridente de algún vendedor de helado caminando por la playa. Uno se cruzaba de ciudad sin grandes accidentes geográficos, pero notando una identidad muy bien definida. De este lado de la costa, la gente apenas hablaba español, comía con varios tenedores, y abrazaba al turista mientras tanteaba el bulto de su billetera... Su hermana menor, mientras tanto, apenas si lo hacía para alimentar una ilusión.

Y fue entre estos dos escenarios que lo ví: inmenso, majestuoso, con ojos azul transparente, una risa estrepitosa y contagiosa, un abrazo grande y acogedor, y un misterio tan inmenso como su propia conciencia. Desde allí sólo pude imaginarme las historias que podría llegar a contarme: de hombres de ciencia, de poetas, de creencias, de arrecifes y corales, acantilados y playas; desde allí pude oír una voz que me llamaba, una que me invitaba... era la misma voz que hace tantos años no escuchaba, aquella que supo ser la única guía cuando estaba perdido y que, basado en viejos recuerdos, recreo con alegría.

Rodríguez, luego de hablar mucho del mar, se dirigió a la costa.
Estuvo allí un largo rato, callado, abstraído. Fumando en silencio, mirando a la distancia remota, siguiendo el vuelo de las gaviotas, viendo morir y renacer las olas interminables.
Los amigos lo veían allí, sentado, quieto, solo frente al mar y la tarde que expiraba ya.
–¿Qué estará haciendo? –Preguntó "Siete y tres diez".
–Mirando el mar y nada más –dijo el desconocido

2 comentarios:

gonchy dijo...

Excelente comentario urbano, que refleja claramente la dualidad de las ciudades puerto, sigan adelante...

Diego González dijo...

¡Gracias, viejito! :D

 
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