26 jun. 2011

El lenguaje de los sueños

No tengo claro por qué será, pero compartir nuestros sueños se me ha mostrado como algo realmente poderoso. Quizá sea porque cuando lo hacemos nos recordamos a nosotros mismos el valor y la importancia que éstos tienen y, a su vez, una transmisión de tal pasión, genera en las otras personas las mismas ganas de vivir ese estado pero con sus propios sueños, lo que les lleva a pensar en ellos y redefinirse.

Cuando la idea fue tomando forma tenía ganas de contárselo a todo el mundo, el fervor era tal, que si fuera por mí, salía con un megáfono por la calle para que toda la ciudad se enterara lo lindo que es tomar la decisión de animarse. Pero no lo hice, me contuve y fui largándolo de a poco. Una de las primeras personas a quienes les conté fue mi hermana, gran compañera de viajes y aventuras; su apoyo fue inmediato. Lo difícil sería comentarle a mi vieja, quien se vería envuelta, sin dudas, en un manto de tristeza.

Mi vieja, con sus cincuenta y algo de años y tras pasar por diversos problemas, pensaba que actos tan simples y significativos como conocer Bariloche o Florianópolis, o incluso las Cataratas del Iguazú o El Caribe iban a ser simples ilusiones inalcanzables, y que la única posibilidad que tendría de verlos sería a través de fotos o de documentales de la National Geographic.

No voy a mentirles, yo también pensaba lo mismo, y eso me daba pena... No podía hacerme responsable de sus sueños rotos, pero tampoco entendía cómo alguien podía entregarlos tan fácilmente. Es cierto... una cosa es decir eso a los veinte y pocos años, cuando uno no está cansado de lucharla y cuando comenzó a vivir hace relativamente poco tiempo, y otra muy diferente es cuando ya pasó mucha agua bajo el puente... pero aún así no podía entenderlo; sencillamente, para mí, no tenía sentido.

Como mi cumpleaños se acercaba, mi hermana pensaba en darme un regalo para el viaje... si, claro, eso era obvio. Así que no se le ocurrió mejor idea que comentarle del emprendimiento a mi vieja antes de que yo lo hiciera, lo cual, por un lado, me quitaba el peso de ser el que respondiera las primeras preguntas, pero por otro me otorgaba la responsabilidad de decirle cuanto antes. Así que, una tarde de primavera, le comenté que ya sabía que estaba enterada sobre esta travesía, y que si quería, le respondería todas sus preguntas aunque muchas ni yo conociera aún las respuestas.

Al comienzo esperaba que me dijera lo que se supone que todos deben decir: que es una locura, que no lo haga, que cómo iba a hacer con la facultad, que qué iba a hacer con el trabajo... Sin embargo, sus primeras palabras no fueron interrogativas, sino melancólicas cuasi-festivas:
- Siempre te gustó viajar... así que entiendo... yo te apoyo, cuídate mucho. Te voy a extrañar
Quedé totalmente sorprendido.

Con mi mochila cargada de sueños, se acercaba la Navidad que, si bien no soy católico, es la excusa perfecta para estar en familia. Por otro lado, mi hermana, también con su propia mochila cargada de sueños, me llama una tarde y me propone entregar cada uno un pedazo de ellos. Inmediatamente acepté, y tras diversas averiguaciones, llegamos a una idea para el mejor regalo que alguien puede hacerle a otra persona, que es el de dar vida...

Y así fue que, la noche de un 25 de Diciembre, con mi hermana matamos los fantasmas de la Navidad de mi vieja cuando, abriendo muchas cajas una dentro de otra, se encontró con un papelito cuyo texto le decía bajo la frase de "Vale por un viaje a Florianópolis" que los sueños no conocen de edades ni dificultades, sólo fuerza de voluntad.


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