12 jun. 2011

...y la primera caída

Luego de aquel recorrido en fase experimental decidí comenzar de a poco y no hacer demasiados kilómetros por día. Es así que el primer mes no hice más de 6 km todos los días en la única senda de bicicletas que había en Las Piedras, pero era más que suficiente... ya que siempre me encontraba llegando a casa con la lengua para afuera como si hubiese estado corriendo muchos kilómetros sin parar.

Tiempo después me fui dando cuenta que podía hacer más, y que mi cuerpo así lo pedía. Así que me aventuré y sumé unos pocos kilómetros recorriendo en círculo una parte de la ciudad, pasando por caminos de pedregullo en la mayoría del trayecto.

Un día, calculando los kilómetros que estaba haciendo y cansado de pedalear en la tierra, decido ver cuál es el equivalente en distancia en la ruta, y me armo de valor para aventurarme en ella. Mientras me acercaba a la intersección, iba sintiendo un poco de miedo por la velocidad de los autos y el ruido excesivo, pero estaba decidido a hacerlo, "total, luego tendría que hacerlo de todas maneras, mejor ir practicando desde ahora" pensaba.

Y crucé. Prestando atención a las señales, me paro al lado de un vehículo, y cuando no vino nada desde el Sur, ¡zas! Me dirigí al Norte. Manejando por la orilla, luchaba contra el viento en contra mientras los camiones con sus ruidos infernales pasaban a toda velocidad por mi costado, así como los ómnibus, los autos y hasta algunas motos.

Todo aquello era muy nuevo, y teniendo en cuenta que no hacía demasiado que había comenzado a salir, la adrenalina se apoderaba de mi cuerpo, y me hacía observar a cada instante para todos lados sin apartar nunca los ojos del camino. A mi derecha, algunos grupos locales jugaban al fútbol, a la izquierda, con toda su majestuosidad, se encontraba la cancha de tenis, y luego de unos cuantos metros y nuevamente a mi derecha "Sex and city", uno de los prostíbulos más viejos de la zona. Más adelante, allí estaba, la rotonda que me servía como indicador de que mi estado físico algo estaba mejorando. Doy la vuelta con cuidado, y por el carril adyacente, continúo avanzando, aunque esta vez en sentido contrario.

Varias mañanas cumplía con ese ritual, aunque no siempre a la misma hora. De a poco fui observando los secretos de aquel baile sincronizado: el ómnibus de las 11:30 con destino a Canelones, el señor de canas que corría su buena parte de kilómetros, los camiones llenos de granos que volaban y se te metían peligrosamente en los ojos, la señora con su hija adolescente que caminaba los tres kilómetros de la senda para bicicletas... ya poco me iba llamando la atención, y fui aprendiendo a apreciar la solemnidad del silencio de una ruta desierta en los efímeros instantes en los que el baile parecía detenerse.

Una mañana de esas, en las que el viento en contra soplaba un poco más de lo  normal (lo cual se convertía en una bendición al emprender la retirada), unos muchachos caminaban al costado de la ruta. Al acercármele, ellos cambian de carril y continúan en dirección contraria, mientras yo, contra viento y subida, intentaba trepar una de las dos colinas que me separaban de mi meta temporal.

Cuando los pasé, algo en ellos me llamó la atención, pero con mis ojos puestos hacia adelante, no me di cuenta de que habían vuelto a cruzar de carril, para seguirme corriendo desde mi derecha. Sólo me percato del peligro cuando siento que uno atrás me toma de la remera y me empuja hacia la carretera, donde los autos transitaban como si de bólidos espaciales se tratara. Me detengo por el peligro de ser atropellado por un auto y uno de ellos saca una navaja amenazándome, mientras el otro me empuja fuera del vehículo.

Indignado me bajo de la bicicleta y mientras el otro se sube, el niño que empuñaba la navaja me hostigaba a retirarme. Mucho más enojado que con miedo empiezo a caminar para atrás, mientras veía mis sueños alejarse tras un campo tan amarillo como la sabana.

En la ruta, insultando y tirando el gorro al suelo, voy sintiendo cómo el calor me lastima la piel. El viento en contra ahora soplaba a mi favor... aunque sólo fuera como una brisa. Fue casi inmediatamente que veo un patrullero. Me paro en el medio de la ruta y el policía se detiene, preguntándome qué sucedía. Le explico la situación y, al mejor estilo de una película policial de bajo presupuesto, me subo al patrullero para adentrarnos en el campo en búsqueda de mis atacantes.

Cuando los divisamos sobre una de las colinas, al oficial no se le ocurre mejor idea que encender la sirena, notificándolos de nuestra existencia y haciéndolos perder de mi vista para siempre. Me subo al techo del patrullero pero no logro volver a verlos. Buscamos entre los montes y las praderas, pero ni rastro de ellos... ni de mis sueños. Resignado, el oficial ofrece llevarme a casa.

Toco el timbre y me abren la puerta:
- ¿Y la bicicleta?
- Me robaron...
- ¿Otra vez?
- Gracias por la ironía -les recordé
Camino hasta el fondo de mi casa y me siento en una silla abajo de un árbol con la mente en blanco. Sólo el recuerdo de unas palabras lograron sacarme de ese trance: "No quiero ser mala leche, pero me da miedo de que todavía te afanen, porque esas bicis son muy tentadoras, y no se cómo estan los 'nenes' en Las Piedras, pero..." "¡¿Pero qué?!" me pregunto a viva voz dentro de mi cabeza; y orgulloso hago mi proclama: "¡Esto no me va a detener!". Una hora más tarde estaba montado sobre mi nueva bicicleta; al día siguiente estaba aumentando mis kilómetros.

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