14 ago 2011

Oh, the people you'll meet!

Los siguientes paseos con Andrés no serían quizá tan pintorescos como el primero que le recibió en nuestras tierras, pero sin dudas me haría conocerlo mucho mejor. Andrés no era un personaje como cualquier otro, y su vida estaba llena de inflexiones. Según me contó mientras recorríamos las antiguas calles de Colonia, había estudiado porque había que hacerlo, pero no porque realmente le gustara. Se había recibido de Abogado y había trabajado en el Banco Santander allá en Colombia. Había recibido su título y había actuado según se esperaba de él, ascendiendo en la empresa de forma tal que terminaría conociendo lugares como New York. Sin embargo, él quería conocer la vida de una forma más simple, tener una acercamiento distinto que le permitiera estar más en contacto con lo que realmente somos.

Bajo esa idea poco definida, un día decidió que no iba más, renunció a su cómodo puesto en el banco, y decidió irse a vivir a un pueblito llamado Barichara, curiosamente ubicado en la provincia de Santander. Allí se compró una casa de 200 años que se dedicó a restaurar y que le serviría como centro logístico para su nueva y principal afición: contemplar la naturaleza acompañado de un buen libro.

Cuando la curiosidad pudo más, Google Earth nos ayudó a ubicar el lugar y mirar algunas fotos:
- ¿Ves? Por acá queda mi casa... Y acá está la iglesia. Es muy bonita -nos decía mientras señalaba el mapa y nos contaba de la gran cantidad de turistas que visitaba el pueblo-. Es un pueblo muy particular, muy bohemio, está lleno de artesanos y aunque no lo creas... -me dice riéndose- ...van muchos ciclistas que recorren América. Están más que bienvenidos cuando quieran visitarme" nos dice dejando la invitación abierta.

Mientras observaba las fotos de su casa me percato de que la cocina no tiene pared.
- Es que allá no hace frío, entonces no pasa nada con que no tenga pared. De hecho, la ducha queda afuera. Yo me baño mirando el cielo -me dice
La siguiente pregunta era inevitable:
-¿Entonces por qué venís para acá? ¡Es tan lindo allá!
- Es que aquí me gusta mucho cómo es la gente. Es muy simpática y muy sana. Tienen un país muy tranquilo y no se... pero quizá me compre algún campito y haga algo por aquí en algún pueblito del interior... ¿Sabes? Admiro mucho lo que ustedes van a hacer. Allá en Barichara tengo un amigo que tiene 18 años y lo admiro mucho también, él hizo de su vida lo que realmente deseaba, y ahora hace artesanías. Quizá yo también haga algún curso de cerámica aquí...


El silencio se transformó en algo prolongado mientras observábamos las fotos. Con mi amiga presente nos miramos y pensamos, sin decirnos nada, que la vida para Andrés era simple, sin ataduras, sin grandes aspiraciones materiales, quizá, justo tal como debería ser...

7 ago 2011

Avô Fogo

Es increíble cómo uno camina por las calles de su ciudad como si se tratara de una danza perfectamente sincronizada que ejecutamos de memoria. En Montevideo me es común pasar por la Ciudad Vieja sin prestarle atención a nada más que los transeúntes para no chocarme con ellos. A la Facultad de Arquitectura me es fácil entrar sin prestarle más atención que a la cantidad de escaleras que tengo que subir. Ir del Parque Rodó a la Rambla no me es más complicado que esperar el momento justo para cruzar una infernal carretera a plena hora de la tarde. Caminar por el Centro o por Bulevar Artigas nunca me demandó más que prestarle atención a los semáforos.

Sin embargo, la llegada de Andrés me haría ver con ojos diferentes todos esos detalles. Ya me había pasado en realidad el levantar la vista y observar tal o cual detalle y quedarme un rato impactado por habérseme pasado desapercibido tanto tiempo, pero de todas formas nunca me había dedicado realmente a observar: abstraerme un rato de todas aquellas personas y presionar por un momento mi cronómetro mental que los eliminaba de la escena, dejando visible solamente las esencias que forman parte de nuestra identidad: la arquitectura acariciada por una rama de un árbol que a su vez era acariciada por el viento y me hacía recordar a un tema de Drexler en el que me susurraba que todo se transforma; un mate invisible que se paseaba por la calle mientras que un termo, suspendido en el aire, cada tanto le daba aliento cuando éste se sentía vacío; una pelota de fútbol, que rebotaba de lado a lado en la calle; y una cuerda de tambores, allá a lo lejos, que resonaba en los ecos de los pasillos del Barrio Palermo.

El primer día, un dos de Febrero, era un día aún más particular, pues, se realizaban las ofrendas a Iemanjá. Luego de acompañar a Andrés a su futuro hogar por los próximos dos meses, le dejé para asentarse luego de proponerle ir en la tarde a la Rambla Presidente Wilson para así presenciar tal evento.

Al llegar, con el sol despidiéndose tras el agua como de costumbre, Andrés no dejaba de transmitir júbilo y asombro por nuestro legado. La escena parecía sacada de un documental de la National Geographic: hombres y mujeres reunidos en cantos de frente al mar confiaban sus oraciones, mientras otros hablaban con el Pae de turno, quien les adivinaba el futuro y les informaban de diferentes presagios. La historia que yo conocía era poca, y era sólo de lo que escuchaba de rebote aquí o allá, por lo que me acerco a un hombre quien me explica más o menos de qué se trataba todo. Le conté sobre la visita que me acompañaba y más entusiasmado aún, comenzó a contarnos sobre los rituales, las ofrendas y los bailes.

- ¿Ves allí que están bailando? -le preguntaba a Andrés-, Bueno, esa que tiene la cabeza hacia abajo y la cara tapada por los pelos está poseída por un espíritu. La cuerda que está alrededor es para que no se escape, y el hombre es el que la guía en sus bailes. Hay gente que no cree en todo esto, yo la verdá que no se, pero sí se que cuando precisé ayuda, Iemanjá estuvo. ¿Sabés quién es?
- No
- Iemanjá viene de todas esas leyendas de los esclavos africanos, los mismos que nos dieron el candombe. Ellos cuentan que es la diosa del Agua, que se le apareció a unos marineros cuando estaban naufragando y los salvó. Vos podés rezarle y pedirle diferentes cosas, no significa que te las vaya a cumplir, pero si lo hace lo mejor es que le des una ofrenda. Ella es muy coqueta, le encantan los vestidos, las joyas... como toda mujer, ¿viste? Y a mí me ayudó... bueno, a mi hija en realidá, ella tenía problemas para caminar y ahora está mucho mejor, entonces lo que hacemo es unos pozos en la arena, ponemos velas y le damos nuestras ofrendas al mar en barquitos hechos de papel o de espuma plast. Si la ofrenda vuelve, no fue aceptada, pero si no lo hace, entonces podés estar tranquilo

Una vez llegada la noche, el ambiente era mágico: la playa estaba minada de pequeños y grandes pozos con velas encendidas, que iluminaban la arena tornándola brillante como el oro. En el agua, se veían un montón de pequeñas luces perderse en el horizonte, mientras las olas, tranquilas y suaves, musicalizaban el ambiente que se tornaba serio y solemne, pese a la cantidad de curiosos como nosotros que andaban en la vuelta. Y es que sin dudas, todos al final nos terminábamos identificando... quizá, vinculados por aquel lazo antiguo a lo desconocido y lo místico, lo mismo que en su momento nos unió al fuego en alguna cueva y ese día nos unía a las velas en alguna playa.

Pintando

Todavía recuerdo la primera vez que me puse a escribir. Tendría unos 17 años y fue a raíz de lo que nosotros llamábamos una "Oración". En aquel entonces todavía creía en Dios y bajo su nombre con unos amigos estábamos intentando comenzar un nuevo Oratorio en Las Piedras. Al principio era un caos porque no teníamos nada definido más que la infraestructura de la capilla, por lo que a veces las reuniones eran largas y tediosas terminando en lo que, a mí parecer, era el momento más interesante: la Oración. En ella cada uno proponía una reflexión y la vinculaba con la creencia que nos movía. Fue así que un día me tocó armarla a mí y, pensando en hacer algo diferente y no una de las tantas "reflexiones predefinidas" que ya conocíamos de memoria, fue que escribí un cuento... A partir de entonces no paré.

La experiencia de plasmar en palabras lo que pensaba o sentía me ayudaba a armarme de conceptos, a vincularlos y darle vida al ponerlos tras una secuencia. No demoré mucho en abrir mi primer blog, Al filozafando ↗, el cual mantuve activamente por algo más de tres años. Escribía (tanto antes como ahora) para mí y lo publicaba por si a alguien le interesaba, por si a alguien le servía de algo... Nunca esperé la respuesta que tuve. No pasó demasiado tiempo que varios comentarios de personas que no conocía aparecían en mi correo, algunos que incluso me asombraban, dándole lecturas diferentes pero igualmente válidas a las historias, o que me emocionaban, al contarme que vivieron momentos similares y se sentían identificados con los personajes que yo inventaba.

Tiempo después, acorde a procesos personales naturales, decidí dejar de escribir historias ficticias y comenzar a escribir historias reales teniendo como inspiración los recientes viajes al interior del país. Así nació Pintando pájaros ↗, un blog anecdotario del Uruguay. Sin tanto éxito popular como Al filozafando, el concepto de Pintando pájaros me atraía mucho más, por lo que le ponía más y más empeño... después de todo, lo escribía para mí... O al menos eso creía, porque ese blog me guardaría muchas más sorpresas de la que podría imaginar.

La primera de ellas era, viéndolo en perspectiva, que sería un trampolín para Buscando el Norte, pero más importante aún, un trampolín para la aventura que tanto ansío vivir. Y la primera manifestación de esto vino de la mano del Danny que tras la lectura de ese mismo blog fue que supuso que yo sería la persona indicada para un viaje como éste y decidiera así proponérmelo hace ya algo más de un año. Otra de las sorpresas llegaría desde Colombia.

Mi primer contacto con Andrés fue un comentario a una publicación sobre Cabo Polonio ↗, post clave que marca un antes y un después tanto en esto de los blogs como en mi propia vida. Andrés me comentaba que planeaba un viaje a Uruguay aunque no sabía cuándo ni cómo, pero que tenía muchas ganas de establecerse y armar un ranchito sencillo donde dedicarse a la contemplación y la lectura.

Varios correos siguieron a aquel primer contacto en los que discutimos sobre facilidades y consejos de viaje en Uruguay, hasta que un buen día me encuentro con un último mensaje que me llenaría de orgullo y responsabilidad:
Hey Diego...quería compartir contigo que -entre mi propia motivación y la que encontré leyendo tus crónicas de viaje- aproveché una oferta de LAN y me compré el billete para Montevideo donde estaré instalado el próximo febrero por un periodo de dos meses!! En serio te digo que tu blog entre otras fuentes me inspiró resto. Aparte de un paseito por la Patagonia argentina seguro que visitaré alguno o algunos de los destinos que has reseñado. Me pondré en contacto contigo pues dudas no me faltarán, pero espero no convetirme en un amigo virtual muy molesto jejejeje. Saludos, Andres
Al principio ese mensaje también me dio un poco de miedo, ya que lo que yo escribía era mi propia visión de la vida que bien podría diferir de la de los demás. Pero más sorpresas me estaría llevando la mañana que sin conocerle fui a buscarle al aeropuerto. 

24 jul 2011

El momento de la liberación

Escribo tranquilo y sin nervios mi identificación y contraseña en la página de Bedelía de Facultad. Mi nombre apareció inmediatamente al lado de la asignatura que había dado y un "Aprobado" trataba de alentarme. "Bien" me dije, cerré el navegador y me fui a trabajar. En el camino recordaba todas aquellas veces que había estado frente a una situación similar: los nervios, los miedos, y luego, el "Aprobado" aquel que me hacía saltar de la silla como si hubiese accionado en ella un resorte. Pero esa vertiginosidad se había ido, y hacía un tiempo ya que el salvar un examen no se sentía más que un trámite.

En el último tiempo me había estado yendo bastante bien, sobre todo en la materia anterior, la cual había hecho que retomara un poco el gusto por lo que estaba haciendo. Pero ahora, ahora sentía que la idea no me aportaba demasiado, y de a poco la propuesta de no continuar me parecía más atractiva. "No, no, es una locura", decía como cuando el Danny me había propuesto la aventura de recorrer Sudamérica.

Los pocos días siguientes, había intentado estudiar... era la última materia que me quedaba que no era de mi agrado, pero trataba de hacer lo mejor. Y casi sin quererlo, aparecieron esas  preguntas que de forma diabólica intentan de que cambies todo: "¿Pero a vos te gusta? ¿Qué querés hacer sino? ¿Vale la pena? ¿Te das cuenta que si perdés una ya no llegás al objetivo que te habías propuesto y todo el tiempo que pasaste fue al pedo? Más aún, ¿te das cuenta de que eso es probable?". Esas dos últimas me inquietaban demasiado y me hacían pensar en todas aquellas pequeñas cosas que era ahora el momento de vivir porque quizá luego, una vez en la ruta, sea demasiado tarde.

Sin embargo, como buen obstinado, decidí intentarlo aunque sea una vez más aunque no tuviera claro por qué; y los dos días anteriores a este examen, decidí pasarlos fuera de casa, donde pudiera concentrarme mejor.

Esos dos días me dejaron exhausto. Sentía que estaba entre la espada y la pared, pero no tenía claro de qué lado estaba cada cual. No fue hasta que dí el examen que pude darme cuenta de lo que realmente buscaba y que nada tenía que ver con el salvarlo para estar un paso más cerca del título intermedio antes de irme, y mucho menos con el certificado para justificar mis días libres en el laburo. Tenía que ver en realidad con estar en esas paredes otra vez. Tenía que ver con volver a aquel cubo de cemento frío y húmedo que es la facultad, tenía que ver con caminar en los pasillos, con ver las caras de la nueva generación, con cruzarme con algún conocido que ahora es referente del Curso Introductorio, con pisar el camino embarrado hasta el aulario y finalmente, sentarme en una silla de plástico poco cómoda para enfrentarme a una hoja en blanco, mientras un amigo (sí, un amigo que conocía de antes que empezara facultad) me saludara y me pidiera la cédula... ¡para corroborar que yo era yo y no un impostor que se sentaba en esa silla a hacer ese examen bajo mi nombre! Ahí me di cuenta... él no, y por lo tanto me dejó hacer el examen, pero yo sí me di cuenta: el que estaba en ese salón no era yo, el que estaba en ese salón era otra persona que se esperaba que estuviera, que todos esperaban que estuviera: en el laburo, en mi casa, ¡hasta en la facultad, donde ahora mi amigo estaba tan ciego que si no fuera por la cédula no podía siquiera reconocerme!

Y luego llegó... el momento de la liberación: entregar las hojas, atravesar ese salón en silencio (como si de un funeral se tratara) y salir hacia la calle... mirar tras los árboles el cubo de cemento y respirar profundo. Se acabó. Afuera sí era yo, y a eso me dedicaría los meses siguientes.

3 jul 2011

Aquellas pequeñas cosas

Son aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón.
Era el segundo verano en mi vida que no pisaba la playa, y verlo pasar por la ventana de mi cuarto mientras me zambullía en libros en lugar de las cándidas aguas del Atlántico Sur, me hacía sentir cada vez un poco más cerca de la locura. De mi vieja no sabía demasiado, sólo que estaría llegando en dos días de su ansiado viaje a Brasil, y, como si eso le hubiese sido poco, iba a ir directo a Los Titanes por unas semanas.

Durante ese tiempo, cuando me dí cuenta que pasaba más horas pensando si debía ir a recibirla o si debía quedarme estudiando ya que al día siguiente tendría un examen, decidí que lo mejor sería concentrarme definitivamente en una de las dos cosas, y decidí quedarme.

La mañana de su arribo, me levanté temprano y prendí la radio. Abrí la ventana y miré el azul profundo del cielo que inmediatamente me llenaba de energías para comenzar el día. Fue ahí cuando escuché a Serrat susurrarme a través de la radio su lamento por aquellas cosas que una vez tuvo la oportunidad de vivir y que sin embargo las dejó pasar. Miré mi mochila vacía, y sin pensarlo, puse todo lo indispensable, y con la sensación de que estaba dejando algo olvidado, cerré la puerta y corrí hasta la parada de ómnibus. Si me apuraba, tal vez (y sólo tal vez) podría llegar al mismo tiempo que ella y darle la sorpresa.

Una vez en el ómnibus hacia Montevideo, me escribe mi hermana comentándome que mamá se iba a atrasar. Parecía ser que si bien se había bajado en Los Titanes, no lo hizo con su maleta, y por lo tanto debía ir a la Terminal de Tres Cruces, regularizar la situación, y nuevamente tomarse un ómnibus para atrás.

Al enterarme de esto supuse que sería probable que nos cruzáramos, por lo que si quería darle una verdadera sorpresa, no debería dejarme ver. Por suerte había llegado con el tiempo justo, lo suficiente como para sacarme el pasaje sin muchas demoras y sin esperar demasiado a que el ómnibus partiera. Una vez arriba, me acomodo cerca de una ventanilla y comienzo a dejarme llevar por la música de Eddie Vedder cuando nuevamente suena el celular con un mensaje de mi hermana:
Mirá que mamá se subió al ómnibus
Listo, tenía que ser el mismo ómnibus. Miro para todos lados y la veo, pero prefiero no saludar, agacharme un poco y esperar a que partamos.

Luego de recorrer una cantidad prudente de kilómetros y sin saber exactamente dónde quedaba el destino, no dejo de observarla: si ella se bajaba, yo debía hacerlo también. Y cuando finalmente ese momento llegó, se acerca a la bodega para buscar la tan dichosa maleta cuando, de costado y arrebatándosela, le pregunto:
- ¿Y dónde queda la casa?

***

Ya de tarde y luego de compartir un día de anécdotas y fotos, me sumerjo en las aguas del Río de la Plata (no llegué tan lejos como al Atlántico, pero tampoco me puedo quejar) y me dejo llevar... "Ésta es una de aquellas pequeñas cosas..." pensaba y me alegraba de darme cuenta que aquella sensación de que había dejado algo olvidado había desaparecido.

 
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