7 ago. 2011

Avô Fogo

Es increíble cómo uno camina por las calles de su ciudad como si se tratara de una danza perfectamente sincronizada que ejecutamos de memoria. En Montevideo me es común pasar por la Ciudad Vieja sin prestarle atención a nada más que los transeúntes para no chocarme con ellos. A la Facultad de Arquitectura me es fácil entrar sin prestarle más atención que a la cantidad de escaleras que tengo que subir. Ir del Parque Rodó a la Rambla no me es más complicado que esperar el momento justo para cruzar una infernal carretera a plena hora de la tarde. Caminar por el Centro o por Bulevar Artigas nunca me demandó más que prestarle atención a los semáforos.

Sin embargo, la llegada de Andrés me haría ver con ojos diferentes todos esos detalles. Ya me había pasado en realidad el levantar la vista y observar tal o cual detalle y quedarme un rato impactado por habérseme pasado desapercibido tanto tiempo, pero de todas formas nunca me había dedicado realmente a observar: abstraerme un rato de todas aquellas personas y presionar por un momento mi cronómetro mental que los eliminaba de la escena, dejando visible solamente las esencias que forman parte de nuestra identidad: la arquitectura acariciada por una rama de un árbol que a su vez era acariciada por el viento y me hacía recordar a un tema de Drexler en el que me susurraba que todo se transforma; un mate invisible que se paseaba por la calle mientras que un termo, suspendido en el aire, cada tanto le daba aliento cuando éste se sentía vacío; una pelota de fútbol, que rebotaba de lado a lado en la calle; y una cuerda de tambores, allá a lo lejos, que resonaba en los ecos de los pasillos del Barrio Palermo.

El primer día, un dos de Febrero, era un día aún más particular, pues, se realizaban las ofrendas a Iemanjá. Luego de acompañar a Andrés a su futuro hogar por los próximos dos meses, le dejé para asentarse luego de proponerle ir en la tarde a la Rambla Presidente Wilson para así presenciar tal evento.

Al llegar, con el sol despidiéndose tras el agua como de costumbre, Andrés no dejaba de transmitir júbilo y asombro por nuestro legado. La escena parecía sacada de un documental de la National Geographic: hombres y mujeres reunidos en cantos de frente al mar confiaban sus oraciones, mientras otros hablaban con el Pae de turno, quien les adivinaba el futuro y les informaban de diferentes presagios. La historia que yo conocía era poca, y era sólo de lo que escuchaba de rebote aquí o allá, por lo que me acerco a un hombre quien me explica más o menos de qué se trataba todo. Le conté sobre la visita que me acompañaba y más entusiasmado aún, comenzó a contarnos sobre los rituales, las ofrendas y los bailes.

- ¿Ves allí que están bailando? -le preguntaba a Andrés-, Bueno, esa que tiene la cabeza hacia abajo y la cara tapada por los pelos está poseída por un espíritu. La cuerda que está alrededor es para que no se escape, y el hombre es el que la guía en sus bailes. Hay gente que no cree en todo esto, yo la verdá que no se, pero sí se que cuando precisé ayuda, Iemanjá estuvo. ¿Sabés quién es?
- No
- Iemanjá viene de todas esas leyendas de los esclavos africanos, los mismos que nos dieron el candombe. Ellos cuentan que es la diosa del Agua, que se le apareció a unos marineros cuando estaban naufragando y los salvó. Vos podés rezarle y pedirle diferentes cosas, no significa que te las vaya a cumplir, pero si lo hace lo mejor es que le des una ofrenda. Ella es muy coqueta, le encantan los vestidos, las joyas... como toda mujer, ¿viste? Y a mí me ayudó... bueno, a mi hija en realidá, ella tenía problemas para caminar y ahora está mucho mejor, entonces lo que hacemo es unos pozos en la arena, ponemos velas y le damos nuestras ofrendas al mar en barquitos hechos de papel o de espuma plast. Si la ofrenda vuelve, no fue aceptada, pero si no lo hace, entonces podés estar tranquilo

Una vez llegada la noche, el ambiente era mágico: la playa estaba minada de pequeños y grandes pozos con velas encendidas, que iluminaban la arena tornándola brillante como el oro. En el agua, se veían un montón de pequeñas luces perderse en el horizonte, mientras las olas, tranquilas y suaves, musicalizaban el ambiente que se tornaba serio y solemne, pese a la cantidad de curiosos como nosotros que andaban en la vuelta. Y es que sin dudas, todos al final nos terminábamos identificando... quizá, vinculados por aquel lazo antiguo a lo desconocido y lo místico, lo mismo que en su momento nos unió al fuego en alguna cueva y ese día nos unía a las velas en alguna playa.

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