8 may. 2011

Mil años

Era ya de noche cuando me llamaron de Recursos Humanos para informarme que tenía el seguro de vida listo para firmar:
- Después voy, ahora no puedo porque me estoy yendo a una sucursal -les dije
Tomé un vale de taxi y me paro en la esquina a esperar que pase uno cuando me suena el celular. Era mi mamá. Desde el otro lado me preguntaba cómo había estado en esos días y si estaría yendo a cenar. Le dije que sí pero que le tenía que colgar porque justo llegó mi transporte.

Cuando arribo a mi destino, saludo y me presento. Era la primera vez que estaba allí y nadie me conocía. Una mujer muy amable me ayuda con mi tarea y, antes de irme, me pregunta si le puedo dar una mano con la suya. Me siento en su escritorio y entra un muchacho:
- Hola, ¿esto es una Agencia? -pregunta un tanto despistado
- Sí, una Agencia de viajes -le aclaramos suponiendo que él buscaba una agencia de cobranza, que es el producto más conocido de la empresa
- Bueno... -dice metiendo frenéticamente su mano en el bolsillo derecho.

Hacía no demasiado había estado haciendo bromas con un compañero de trabajo sobre que algo así podría pasar, pero en verdad nunca había imaginado que efectivamente podría volverse realidad. En el momento me repetía a mis adentros "esto no está pasando, esto no está pasando..."

Fue, como mucho, un segundo, pero parecieron mil años. Él, finalmente luego de luchar contra sus propios demonios, saca un arma y apunta hacia todos lados:
- ¡La guita, quiero la guita! -repetía rápidamente, mientras uno de los funcionarios alcanza a reaccionar y decirle que no había- ¡Al sótano! ¡Rápido!
A empujones nos lleva a la escalera, en cuyo descanso unos carpinteros sueldan unos fierros que luego servirían de soporte para las futuras cámaras de seguridad. Desorientados, nos apuntan con la llama candente de hidrógeno y pasados unos segundos se percatan de lo sucedido. Para entonces, quien había entrado al local hacía instantes como un joven confundido, les ordena apagarlo y tirarse al piso.


Veinte minutos pasaron en los que él y luego un compañero suyo, nos amenazaban con matarnos. Mientras uno buscaba por todos los rincones, el otro nos mostraba las balas y, temerario pero no temeroso, nos recordaba cuál sería nuestro destino si no le ayudábamos en su cometido.

Cuando finalmente se convencieron de que nadie allí les podía ayudar y que aquel lugar no era, efectivamente, el acertado, me toma de la corbata y me arrebata la dignidad presionando sobre mi frente el doloroso frío de su arma:
- ¿Dónde está la guita?
- Ya te dijimos, flaco, no hay plata acá
Los milisegundos que le siguieron fueron eternos. A pesar de lo que se suele ver en televisión, no ví una película en alta velocidad de mi vida. Por el contrario, ví todas aquellas cosas que en ese mismo día podría haber hecho y no hice: hablar con el tachero que me llevó hasta ese lugar, hablar con mi mamá sobre la cena, firmar el seguro de vida... y hasta reírme más con mi compañero de trabajo de lo que en aquel momento parecía una situación improbable.

Fue entonces cuando volví a nacer:
- ¡Al baño!
Evidentemente no sabía dónde era el baño, por lo que, raquítico, me dirijo a donde supongo está situado: al fondo a la derecha. Contento por haber tenido buen tino, me siento en el water con las manos en la cabeza, esperando por conocer la fortuna de mis compañeros. En lo que restaría de la noche, las agujas del reloj girarían en forma desenfrenada.

A partir de entonces, decidiría que la vida podía llegar a ser demasiado corta como para desaprovechar cada oportunidad. Recordé todas aquellas veces que para no pasar vergüenza me prohibí decir la palabra justa en el momento justo, que por miedo no di un abrazo que tanto quise dar, que por mi infundada limitación no dije lo que tanto quería decir... o peor aún, que por dormir 15 minutos más, no acepté la oportunidad de conocer gente maravillosa.

Ya estaba decidido a no dejar pasar una sola oportunidad más... Y así fue como una noche me encontré con un cuerpo de baile irlandés bailando música celta en una peatonal, como me hice amigo de un colombiano enamorado de mi país, como terminé redescubriendo Montevideo de la mano de un indio, un francés y una yankie... o mejor aún, así fue como disfruté de un mate con mis compañeros de facultad, como disfruté de una noche en la playa con amigos, como disfruté de un almuerzo familiar, como disfruté simplemente de disfrutar. Fue entonces cuando volví a vivir.

***

Los días siguientes a aquel encuentro con mi amigo significó mucho más. Significó la primera oportunidad real de cumplir un sueño... un sueño que implicaba dejar muchas cosas atrás: familia, amigos, trabajo, estudios... pero también miedos.

Hasta entonces con la promesa que me había hecho conmigo mismo la venía llevando muy bien: no había descuidado ninguna de mis responsabilidades de "vida de adulto", pero tampoco había dejado de disfrutar las cosas que se me presentaban... ¿Sería hasta ahora? Si quería que así fuera, el precio que tenía que pagar era mucho más alto, un precio que se confunde con un vicio difícil de dejar: el de la seguridad.

Más de un mes me llevó saber si debía o no traicionarme a mí mismo, si debía serme fiel o, por otra parte, hacerme el perro boludo y esperar vivir esa aventura desde afuera, como un abnegado lector del Facebook de mi amigo. No, no quería que así fuera, yo quería ser también partícipe; yo quería ser también autor. Y, al salir del trabajo, en un arrebato de cordura, me sorprendí llamando a Nueva Zelanda.

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