25 dic. 2011

Bici-citudes

Mucha gente dice que cuando algo sale mal la primera vez luego es difícil de que salga bien. Para mí no hay mentira más grande. Si uno es lo suficientemente tenaz y perseverante, es posible aprender de los errores cometidos para que no vuelvan a suscitarse, y aún así, si sucede, uno ya conoce la forma más rápida y eficaz de actuar. Y luego... luego sólo queda la anécdota divertida. Ésta es una de ellas... O mejor dicho, dos.

Un tropezón es caída
Ya con el Danny en Uruguay, nuestra principal prioridad fue definir qué bici utilizar para el viaje. De los tres modelos que habíamos considerado, uno se vio rápidamente descartado por un tema de costos, ¿y qué mejor forma de decidirse entre los otros dos que probándolos? Es así que aquella tarde nos presentamos en el que luego se transformaría el local de cabecera, y tras hablar con la vendedora, partimos felizmente con la Specialized Crosstrail y la Specialized Hardrock, yo en la primera y el Danny en la segunda.

Al comienzo rumbeamos a la rambla de Carrasco, donde las probamos a más no poder. La experiencia era nueva para los dos, ya que se suponía nuestra primera vez pedaleando juntos como un equipo. Arrancamos hacia el Este, pasando por el viejo Hotel y llegando a Parque Miramar casi hasta el Parque Roosevelt. Allí tomamos calles de pedregullo con hermosas casas a sus costados, los cuales distraían la vista a la vez que permitían probar los derrapes; lo que lo transformó en el escenario ideal para después de un rato intercambiar las bicicletas.

La Crosstrail con su rodado 28 y su cubierta híbrida resultó responder bastante bien al valastro, aunque no tanto como la Hardrock, que al ser una bici de montaña rodado 29, ofrecía un excelente agarre; sin embargo, en ruta la otra se sentía más cómoda y ágil, por lo que la decisión resultaría basada más bien en la mayoría del terreno en el que andaremos (es decir, ruta).

Rumbo a la tienda que nos prestó las bicis, manejábamos nuevamente por la rambla de Carrasco intentando subir a la peatonal costera y así evitar el atestado tráfico. Dado que en ese momento veníamos en contramano, el Danny ágilmente salta el cordón de la vereda continuando el camino, mientras, yo, en un gran acto de iluminación deportiva, lentamente rozo el cordón de forma paralela, derrapando y saludando al suelo muy de cerca.

Lo primero que hago es examinar sin éxito la bici en búsqueda de rayones, y luego mi cuerpo, encontrando una rodilla totalmente ensangrentada. Tras lavarme en el Río de la Plata y dirigirme unos kilómetros, decido desinfectarme  en la casa de una conocida que, bajo su ausencia, hacía que sus integrantes me observaran desconfiados.

Llegando al local y disimulando el dolor que de a poco se hacía presente, entrego la bici y me retiro, riéndome de forma culposa frente al Danny mientras no dejábamos de observar el hecho de que siendo la primera vez que salíamos juntos yo ya estuviera metiendo la pata.

Cuando falta el aire
Luego de una no muy larga discusión, nos terminamos decidiendo por la Crosstrail, así que a los pocos días nos estaríamos reencontrando en el dichoso local. Una vez allí nos informan que sólo poseen un ejemplar de la bici, por lo que tendríamos que esperar una importación para tener la otra. Sin embargo, cuando ya me estaba desanimando, nos dicen que pueden prestarnos una para ir practicando.

Es así que una tarde de mucho calor y con el Danny disfrazado de ciclista y yo de gaucho, partimos desde Portones hacia Las Piedras: él con su flamante Crosstrail y yo en una Sirrus de préstamo. El tránsito era un infierno, pero no teníamos forma de esquivarlo hasta mi casa, así que entre ómnibus que nos apretaban y semáforos en rojo llegamos hasta Millán y Garzón, donde abrazados por el calor y empapados en sudor, decidimos detenernos a tomar agua fresca e intercambiar las bicis.

Retomar el polvoriento camino nos hacía sentir poderosos otra vez. Quizá no estuviéramos en las mejores condiciones (climáticas y físicas), pero la llevábamos muy bien y nada parecía indicarnos que Las Piedras estaba tan lejos como pensábamos... Hasta que faltó el aire, y no fue el nuestro, sino el de la rueda trasera de la Sirrus.

Pasando Colón, el Danny se percata de que algo no andaba bien y nos detenemos. La rueda trasera estaba completamente desinflada y no quedó otra que quedarme con la bici sin su rueda mientras el Danny rastrillaba el desconocido territorio de Colón en búsqueda de una gomería... Y antes que alguien pregunte lo mismo que el gomero: no, no teníamos herramientas.

Al llegar finalmente a nuestra meta, salta la ironía: la segunda vez que salíamos juntos y con problemas... pero inmediatamente la idea se eclipsa con la alegría: después de año y medio de planeación al fin estábamos pedaleando juntos.

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