Toda mi vida fui de ir a la playa en Verano, por lo que el no ir aquel año lo hacía parecer eterno. Por suerte en ese entonces no trabajaba, y tampoco tenía exámenes, por lo que no tenía que preocuparme por nada más que disfrutar.
Hacía un par de meses había escuchado en la radio a un tal Eduardo Rejduch de la Mancha, un uruguayo que hacía 20 años viajaba alrededor del mundo en su velero, y ese día su libro parecía llamarme desde la vitrina de la única librería decente de Las Piedras. Así que en un acto de impulsividad inusitado, me gasto buena parte de los ahorros en él.
De tardecita, cuando el sol ya no molestaba, decidí desempolvar la vieja hamaca paraguaya y tenderla entre la Anacahuita y el cerco del fondo de casa. Acerco una silla donde dejo un vaso con agua, y me entrego a disfrutar de mi nueva adquisición.
Aquel verano viajé mucho más que todos los anteriores juntos.
Con él descubrí que nuevos mundos aún existían, que había una bailarina de ballet que le gustaba ensayar por las noches en las húmedas y oscuras calles de Barcelona, que en las Islas Galápagos aún vivían unas enormes tortugas, y que en el medio del Pacífico existían tres archipiélagos paradisíacos bajo el nombre de Tonga.
Viajar se convirtió en un vicio.
Unos meses más tarde, un gran amigo se estaría yendo a EEUU a vivir su propia experiencia como animador de niños en un campamento, y no se me ocurrió mejor idea que hacer viajar a mi imaginación materializada en aquel libro y utilizándolo a él como transporte. Desde entonces, mi amigo, mi libro, y mi imaginación no han parado de viajar.
Y el tiempo, como los kilómetros, pasaron sin darme cuenta, hasta que hoy ese libro se encuentra en algún lugar de Nueva Zelanda, y su actual dueño, el Danny, en algún lugar del mundo con dirección a Uruguay. Ya queda poco para finalizar una etapa y comenzar otra. Ya no será sólo mi imaginación la que viajará.
Diego




