13 nov 2011

Hasta donde me lleve el viento

Toda mi vida fui de ir a la playa en Verano, por lo que el no ir aquel año lo hacía parecer eterno. Por suerte en ese entonces no trabajaba, y tampoco tenía exámenes, por lo que no tenía que preocuparme por nada más que disfrutar.

Hacía un par de meses había escuchado en la radio a un tal Eduardo Rejduch de la Mancha, un uruguayo que hacía 20 años viajaba alrededor del mundo en su velero, y ese día su libro parecía llamarme desde la vitrina de la única librería decente de Las Piedras. Así que en un acto de impulsividad inusitado, me gasto buena parte de los ahorros en él.

De tardecita, cuando el sol ya no molestaba, decidí desempolvar la vieja hamaca paraguaya y tenderla entre la Anacahuita y el cerco del fondo de casa. Acerco una silla donde dejo un vaso con agua, y me entrego a disfrutar de mi nueva adquisición.

Aquel verano viajé mucho más que todos los anteriores juntos.

Con él descubrí que nuevos mundos aún existían, que había una bailarina de ballet que le gustaba ensayar por las noches en las húmedas y oscuras calles de Barcelona, que en las Islas Galápagos aún vivían unas enormes tortugas, y que en el medio del Pacífico existían tres archipiélagos paradisíacos bajo el nombre de Tonga.

Viajar se convirtió en un vicio.

Unos meses más tarde, un gran amigo se estaría yendo a EEUU a vivir su propia experiencia como animador de niños en un campamento, y no se me ocurrió mejor idea que hacer viajar a mi imaginación materializada en aquel libro y utilizándolo a él como transporte. Desde entonces, mi amigo, mi libro, y mi imaginación no han parado de viajar.


Y el tiempo, como los kilómetros, pasaron sin darme cuenta, hasta que hoy ese libro se encuentra en algún lugar de Nueva Zelanda, y su actual dueño, el Danny, en algún lugar del mundo con dirección a Uruguay. Ya queda poco para finalizar una etapa y comenzar otra. Ya no será sólo mi imaginación la que viajará.

Locura y realidad

Y allí estaba, en la casa de un amigo hablando bajito mientras un inversionista sudafricano gritaba como loco desde el living porque le estaban reteniendo unos 23 millones de dólares. Mientras mi amigo me explicaba cómo llegó a esa situación, yo intentaba poner lo mejor de mí para entenderlo, pero a la vez intentaba no perderme de la curiosa situación que se desarrollaba a escasos metros. Ya había estado en reuniones de trabajo donde los gigantes de saco y corbata movían enormes cantidades de dinero como si se trataran de fichas de ajedrez, pero nunca había tenido la oportunidad de observar el mismo comportamiento de parte de un sudafricano de chancletas y una camisa mal lavada mientras otro, como si nada estuviera pasando, intentaba leer un libro en español (aunque luego me confesaría no entender ni la mitad de las palabras).

Cuando finalmente la conferencia se termina con las aguas apaciguadas, el sudafricano se levanta de la silla, bebe un sorbo de agua fría y mirándome fijamente como si me conociera de toda la vida, dice:
- So... this is your friend? Who's planning a bike trip around Southamerica?
Mi amigo le responde que sí, que yo soy aquel que iba a viajar por Sudamérica en bicicleta. Su cara fue de sorpresa, y como si nada hubiera pasado se sienta frente a mí y comienza el interrogatorio habitual: con quién voy, hasta dónde y por qué.

Luego de responder a sus inquietudes con un inglés bastante mediocre, esperaba el resto de las preguntas estándar, como cuál es nuestra ruta, o cómo pensamos vivir; sin embargo, el inversionista tendría otras inquietudes más "básicas":
- ¿Y tienen sponsors?
- En realidad no... veremos si algunas bicicletas las conseguimos más baratas por algún lado, pero no tenemos sponsors
- ¿Y no pensaste en filmar o hacer algún tipo de documental?
- Mmmm... más o menos, tengo un blog y pienso llevar una especie de registro, transmitir algo de lo que vivimos, pero no pensaba en construir un documental
- ¿Y por qué no? ¡Podrían venderlo a Discovery Channel!
Al juzgar por sus risas, mi cara debió de haber sido un poema... Siendo sincero, no es que alguna vez no haya volado con la idea de hacer algo más "armado", más "profesional", pero ciertamente nunca pensé en hacerlo por dinero (como dice el amigo Barragán). Era claro que nuestras visiones eran bastante diferentes. Sin embargo, la conversación se fue tornando de a poco en algo más normal, en esas en la que todos tienen algo que aportar, todos tienen algún conocido en algún lado o alguna sugerencia de lugares para visitar, de esas que luego es probable que en el camino ni te acuerdes:
- Está bueno que hagas esas cosas, a mí siempre me encantaron... una vez sólo porque quise me fui desde Australia hasta Praga, y luego al otro día decidí irme a Brasil. A los tres días estaba en Londres
Claramente nuestras diferencias se volvían a notar, y por más que intenté poner lo mejor de mí, no pude explicarle por qué no era lo mismo su propuesta a la mía.

No estoy diciendo que una esté mal y otra bien, sino que simplemente son cosas diferentes, y como tales no pueden ser comparadas. Aquel hombre pensaba que las locuras consistían en simplemente ir tachando las ciudades visitadas en un mapa, cuando desde mi posición se trataba de estar charlando con él: hacer algo bien diferente a lo que estamos acostumbrados.

Cuando le expliqué eso me preguntó por qué viajaba entonces, y la simpleza de mi respuesta lo descolocó: "Porque me gusta". El sudafricano (cuyo nombre nunca supe), sonrió, me deseó suerte y se fue a hablar por Skype nuevamente. Mi amigo reía:
- Estás loco, Die, estás bien loco...
Me decía mientras pensaba en que el loco era él, por estar en una situación tan extraña como esa. Una vez ya lo habíamos discutido con el Danny:
El mayor viaje puede hacerse yendo al supermercado

19 oct 2011

Círculos

En una publicación descubría lo importante que era seguir alimentando las relaciones que teníamos aunque uno supiera que pronto dejaría de verles por un tiempo eventualmente indefinido; también, incluso, lo importante que era el crear nuevas... ¿Pero qué pasa con aquellas que quedaron truncadas? ¿Que pasa con aquellas que se vieron detenidas en el tiempo tras una absurda pelea? Si el saber que luego de determinada fecha la posibilidad de verles -aunque sea por casualidad- dejará de existir, ¿qué hacer?

Esto se me presentó de forma inesperada, cuando sin tener en cuenta que me iba, decidí juntarme con una de aquellas personas que el orgullo se empeñaba en castigar con la ignorancia. Esa tarde de Diciembre decidí llamarla:
- ¡Hola! ¿Cómo estás?
- ¿Diego? -me pregunta una voz conocida desde el otro lado del tubo
- Si, soy yo
- ¡Que alegría escucharte! ¿Cómo estás?
- Bien, bien, llamaba para saber si querías que te visitara
- ¡Claro que sí! ¡Lo sabés! -me dice con una alegría contagiosa.
Una semana más tarde ese encuentro se transformaría en una tierna reconciliación con parte de mi pasado. Ese fue mi primer viaje.

El segundo vendría de la mano de un conocido que casualmente me crucé por la calle:
- ¿Diego? -me pregunta inseguro. Me doy vuelta y saludo.
- ¡Hey! ¿Qué hacés tanto tiempo?
- Bien, acá, ¿vos cómo andás? Hace tiempo que no te veo por casa
- Si, si, he tenido unos problemas con aquel y decidí mejor no volver a pasar...
El resto de la charla continuó sobre las nimiedades de siempre; sin embargo, esas breves palabras quedarían resonando en mi cabeza durante todo el día. Esa semana me preguntaba qué sucedería si me volviera a encontrar con mi amigo en la calle, si nos saludaríamos o si nos haríamos los boludos, como si no nos hubiésemos visto. No, la idea no me gustaba, y en un acto de honestidad brutal me siento frente a la computadora y redacto uno de mis mails más sinceros. En él explicaba la importancia que había tenido el tiempo que fuimos amigos y cómo no me gustaría un final cuyo escenario sea el que me había imaginado. La respuesta fue inmediata:
¡No sabés cuánto me alegra recibir este correo!
decía al comienzo de su extenso mensaje.

Cuando me decidí a no dejar pasar las oportunidades que se me presentaban, me había olvidado de algo igual de importante: crear nuevas. Tuve que decidirme a viajar en bicicleta por Sudamérica (o hasta donde lleguemos) para reconciliarme con aquellas personas que formaban parte de mi pasado. ¿Qué era lo que me lo impedía hasta ahora, entonces? La respuesta era más fácil de lo que parecía: el orgullo.

No pienso que tener orgullo sea algo negativo per se, sino la forma en que lo manejamos es lo que puede transformarlo en algo tan grave como una amnesia selectiva. Fue con estos y otros casos que me dí cuenta de las veces que dejamos de lado las vivencias que en algún momento nos fueron tan importantes, que en algún momento nos llenaron tanto y que, por egoísmo disfrazado de amor propio, decidimos olvidarlas. Éstas, tanto más como las negativas, no deben olvidarse jamás. No tiene que ser necesario el saber que la posibilidad de reconciliación pueda no existir para que ésta finalmente cobre vida, sólo tiene que ser necesario el querer reconciliarnos con nosotros mismos.

Pablo ↗ ya me lo había advertido:
Vas a ver que empezarás a cerrar círculos

18 oct 2011

Hoy

Como a todos nos pasa, hay días que nos sentimos invencibles, que podemos comernos el mundo y aún así no quedar satisfechos... y hay otros que creemos que es el mundo el que puede comernos a nosotros, y con tan sólo mostrarnos los dientes nuestras piernas tiemblan casi inconscientemente. Hoy es una mezcla extraña de los dos.

A medida que pasan los días y veo el reloj de la cuenta regresiva disminuir sus cifras, comienzo a cuestionarme más y más el motivo de lanzarse en esta aventura. Es natural, supongo. Pienso en todas aquellas relaciones que quedan "truncadas", pienso en la facultad y cómo en algún momento me gustaría terminarla, pienso en mi familia, pienso en mi trabajo... Hoy, sobre todo, pienso en mi trabajo.

Y es que en exactamente un mes tengo planeado renunciar. Se que no he estado demasiado tiempo en la empresa (casi 2 años y medio), pero sí el suficiente como para conocer gente maravillosa, tener mis broncas, mis logros, y mis momentos de cebo. Pero también pienso en la seguridad que te brinda el saber que la máquina ésta que te consume es también la que te habilita a funcionar, es también la que todos los meses hace que con una simple tarjeta magnética tus problemas básicos desaparezcan tras el beep de un cajero. Pronto no será así, y ese beep sonará casi igual que el electrocardiógrafo de quien sabe que tiene el tiempo contado. Es allí que mis piernas comienzan a temblar.

Sin embargo, al llegar y hacer las mismas cosas que todos los días, bajo los mismos parámetros los cuales conozco de memoria y puedo recitar de ojos cerrados, me comencé a sentir mejor. Comencé a recordar distintos momentos en los que mi relación con la empresa se vio defraudada, y de apoco comenzó a deteriorarse hasta llegar a la actualidad, esa en la que, como en algunas parejas, seguimos juntos sólo por la costumbre. Recuerdo un día que hablando con un compañero discutíamos esta misma situación; me dijo:
Cuando suceden esas cosas sólo hay dos caminos posibles: cambiar de actitud, o cambiar de trabajo.
Por fuera sonreí, pero por dentro reía a carcajadas mientras pensaba en que lo mío sería un híbrido de ambas. Fue allí que pude comerme el mundo.

Un mes, tan sólo exactamente un mes. Todo ya está planeado, las cartas ya fueron repartidas, el plan ya fue trazado; y si bien el miedo ha ido aumentando, también lo han hecho las ganas. No será éste un paso más que el que inevitablemente se iba a dar.

9 oct 2011

Lo esencial

Hacía un tiempo le había dicho al Danny que si quería podía armar una lista de cosas a llevar, pero siempre lo venía postergando... un día porque no tenía tiempo, otro porque tenía otras cosas para hacer, pero en el fondo lo que no tenía eran ganas. Estoy demasiado acostumbrado a usar lo que se me place y es muy difícil comenzar a acotar las cosas que uno usa hasta lo verdaderamente esencial.

Algún fundamentalista me dirá que lo esencial no es más que lo que tengo puesto y algo de comida, pero lo cierto es que, acostumbrado a un montón de comodidades, comenzar a limitarse puede llegar a ser una aventura, y como tal, puede infundar algo de miedo. Pero ese día llegó. Tener libre en el trabajo y que afuera lloviera torrencialmente sin intenciones de amainar, ayudó a obligarme a pensar en lo verdaderamente importante.


Ya lo había hecho con algunas cosas, me había pasado de conocer una banda que me encantara, ver el CD y tener todas las ganas de comprármelo, pero aún así mirarlo y pensar: "¿Para qué? Si en poco tiempo me voy y no lo voy a poder llevar...". Es con esos pequeños gestos que uno se va dando cuenta (o va tomando más conciencia de la que ya tenía) de que invertimos mucho en cosas que no son tan importantes como pensábamos... Y al comenzar a pensar en que cada objeto tiene un peso que no podía despreciar, uno se ve empujado aún más a los límites, donde debe elegir muy bien.

Fue así que separé la lista en grandes áreas: Tecnología, Higiene, Camping, Tecnología, Herramientas, Botiquín... y comencé a llenar la lista sin escatimar, poniendo los pesos de cada uno de los objetos al costado. Tras toda la tarde analizando cada pieza del rompecabezas, terminé con una lista tentativa, una lista que, según lo calculado, haría que cada uno llevara una carga algo menor a 25 Kg. En principio no está nada mal, y era lo que más o menos pensaba, pero ahora, pasados unos días, la vuelvo a mirar y me pregunto: "¿Son realmente necesarias tantas cosas?"

 
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